Instituto de Neurobiología, UNAM campus Juriquilla, Querétaro.La neurociencia transforma sustancias antes prohibidas, como hongos alucinógenos y veneno de sapo, en terapias de vanguardia. Esta revolución busca recablear el cerebro con precisión, ofreciendo una esperanza real y con menos efectos secundarios para pacientes con trastornos mentales que la medicina convencional aún no logra resolver.Durante años, las drogas recreativas han tenido una reputación bastante polémica. Generalmente se han ligado al riesgo y la ilegalidad. Pero hoy la ciencia está volteando la mirada hacia algunas de ellas con un nuevo interés: su potencial terapéutico. Este cambio tiene sus raíces en un problema real: los medicamentos que usamos actualmente para tratar trastornos psiquiátricos como trastorno bipolar, ansiedad y depresión presentan una eficacia limitada.Los antidepresivos más conocidos, como la fluoxetina (famosa por nombres comerciales como Prozac), funcionan como reguladores de los niveles de serotonina (5-HT), una sustancia clave que nuestro cerebro utiliza para gestionar el estado de ánimo, el sueño, la atención, el apetito y las emociones. En condiciones normales, el cerebro recicla esta sustancia después de usarla; sin embargo, estos fármacos bloquean ese reciclaje. Al hacerlo, consiguen que haya serotonina disponible, pero lo hacen de forma generalizada, inundando casi todas las áreas del cerebro al mismo tiempo en lugar de actuar sólo donde más se necesite: en áreas con poca serotonina disponible. Esto explica efectos secundarios tan frecuentes como sedación, aumento de peso o disminución del deseo sexual. Además, varios antidepresivos requieren entre 2-6 semanas para producir efectos significativos lo cual es especialmente crítico para personas con ideación suicida y depresión severa. Las benzodiacepinas como el alprazolam, por su parte, pueden generar dependencia y pérdida de eficacia con el tiempo. Varios antipsicóticos, como la olanzapina, aunque necesarios, pueden provocar alteraciones metabólicas, como aumento de peso, cambios en los niveles de colesterol y triglicéridos, así como un mayor riesgo de desarrollar diabetes tipo 2.En pocas palabras: estos fármacos funcionan, pero a un costo fisiológico elevado y sin resolver el problema de fondo. Esto ha impulsado la búsqueda de moléculas que no solo alivien síntomas, sino que modulen la actividad neuronal de forma más fina y precisa. Sorprendentemente, la solución podría estar en sustancias prohibidas o recreativas, como las que se encuentran de forma natural en ciertos hongos alucinógenos. A continuación te hablamos de estas y otras sustancias y de cómo están abriendo una nueva era en el tratamiento de las enfermedades mentales.Psilocibina: el hongo que abre la menteLos hongos del género Psilocybe han acompañado a la humanidad desde tiempos ancestrales. Sin embargo, su estudio científico moderno está revelando algo fascinante: una sola sesión guiada con psilocibina, combinada con acompañamiento psicológico, puede aliviar la depresión resistente o la ansiedad en pacientes terminales.La clave parece estar en cómo esta sustancia actúa en algunas áreas del cerebro. Su compuesto activo, la psilocina, se une a un receptor llamado 5-HT2A, presente en zonas del cerebro asociadas con la percepción, la introspección y la regulación emocional. Estudios de neuroimagen muestran que, bajo sus efectos, redes cerebrales rígidas se vuelven más flexibles y menos dominantes. Esto permite a los pacientes procesar emociones profundas y modificar patrones mentales que habían permanecido cerrados por años.No se trata solo de “cambiar la química”, sino de generar una experiencia que abra oportunidades de cambio psicológico. Por eso, los protocolos incluyen preparación, acompañamiento y sesiones de integración.Actualmente, aunque los tratamientos con psilocibina no están aprobados a nivel federal en los Estados Unidos, algunos estados como Oregón, Colorado y Nuevo México han legalizado su uso con fines terapéuticos y de la investigación. En México, estos tratamientos no son legales, sin embargo se están dando algunos avances para su posible uso. Un ejemplo de ello es que la Asociación Psiquiátrica Mexicana avaló el "Primer Simposio Médico en México de Terapia asistida con Psicodélicos", realizado en 2025 en la Ciudad de México.El sapito psicodélico del desiertoOtra sustancia que está llamando la atención proviene de un animal sorprendente: el sapo del desierto sonorense (Incilius alvarius). Este anfibio produce una molécula llamada 5-MeO-DMT, descrita como uno de los psicodélicos más potentes conocidos. Razón por la que su uso es muy popular en cultos chamánicos. Estudios recientes muestran que puede inducir estados profundos de calma, disociación y disolución del ego en cuestión de segundos.Su rapidez y corta duración de sus efectos (mucho menor que la de los hongos o el LSD) podría convertirla en una herramienta clínica atractiva para tratar ciertos trastornos. En este sentido en la prestigiosa revista científica Nature se publicaron los resultados de una investigación del laboratorio del Dr. Daniel Wacker en el hospital Monte Sinaí en Nueva York, en la que desarrollaron compuestos análogos a la 5-MeO-DMT carentes de efectos alucinógenos, pero que conservan una actividad ansiolítica y antidepresiva probada en ratones deprimidos. El curioso caso del hongo rojo con manchas blancasEl hongo basidiomiceto Amanita muscaria, famoso por aparecer en cuentos y videojuegos, produce un compuesto menos conocido: el muscimol, que a diferencia de los psicodélicos, no produce alucinaciones fuertes. En este hongo se encuentran otras sustancias como la muscarina, que ejerce efectos similares al neurotransmisor Acetilcolina, y el ácido iboténico, que es la materia prima (precursor químico) para obtener muscimol.Lo interesante del muscimol es que activa de forma directa a los receptores para el neurotransmisor GABA, que es el mensajero químico de la relajación, lo que podría producir un efecto ansiolítico más estable y sin el riesgo de dependencia asociado a las benzodiacepinas, comúnmente utilizadas como ansiolíticos. Aunque su uso clínico es aún limitado, en parte porque el hongo también contiene sustancias tóxicas como el ácido iboténico, la investigación actual busca sintetizar análogos seguros inspirados en él.Más allá del estigma: hacia fármacos más precisos y personalizadosTodo este panorama apunta hacia el mismo destino: una nueva generación de tratamientos más precisos y selectivos que actúan directamente sobre los “circuitos alterados” en cada trastorno. La idea ya no es “subir serotonina” o “bajar ansiedad”, sino intervenir con precisión farmacológica en redes neuronales específicas.El futuro seguirá siendo incierto, pero está claro que algunas de las moléculas más prometedoras provienen de lugares insospechados: hongos, sapos y plantas que se consideraban tabú o peligrosas. Las sustancias que alguna vez se consideraron exclusivamente recreativas, tal vez, como sugiere la neurociencia contemporánea, no eran enemigas, sino aliadas esperando ser comprendidas.Para saber más:Davis, A. K. et al. (2021). http://doi.org/10.1001/jamapsychiatry.2020.3285 Griffiths, R. et al. (2016). http://doi.org/10.1177/0269881116675513 Madsen, M. K. et al. (2019). https://doi.org/10.1038/s41386-019-0324-9 Nichols, D. (2016). http://doi.org/10.1124/pr.115.011478 Warren, N. et al. (2024). https://doi.org/10.1038/s41586-024-07403-2