Estamos viviendo una edad dorada en la invención de fórmulas para que otros se enamoren; a la vista está el éxito de las aplicaciones de citas, los amigos que hacen de Celestinas, el auge de la poligamia y, entre otras novedades contemporáneas para salir de Tinder, el resurgir del 'speed dating'. Nació en el escenario más inesperado a finales de los años noventa en Los Ángeles, cuando el rabino Yaacov Deyo ideó encuentros breves y cronometrados para que jóvenes judíos solteros pudieran conocerse de forma ágil y estructurada. La idea era maximizar las posibilidades de encuentros en poco tiempo, con citas de apenas unos minutos cada una. Nada podía salir mal. Este enamoramiento del amor tiene un roce con la cultura. Es más probable hacer 'match' con alguien al que también le gusten los libros que con alguien al que leer le parece prescindible -aunque alguna que otra lección dio María Pombo sobre el tema-, así que la idea de hacer un 'Speed dating' con temática literaria no resulta tan descabellada. El objetivo, bajo el lema 'Vive la historia de amor que siempre has leído', era claro para el 'Book dating': encontrar a esa persona especial con la que subirse al tren del amor antes de que el calendario marque el día 14. Tres minutos para medir química: suficiente tiempo para evaluar si tu cita prefiere García Márquez o la sección de autoayuda, y no demasiado para que descubras que odia los gatos o colecciona cactus de plástico. El romance literario es el nuevo 'lifestyle'. lo confirman Dua Lipa y Callum Turner, que coincidieron en la misma página de una lectura, y lo ratifica el millón de seguidores de '@hotdudesreading'. El mensaje es nítido: las expectativas románticas ya no se construyen en la gran pantalla, sino en las librerías, que son, para la periodista y guionista Raquel Martos, que también presentaba el evento, «un lugar muy cálido para romper el hielo». Esta estrategia se suma también al propósito de las cada vez más populares 'Reading Parties' ; eventos donde la gente se reúne para leer en comunidad con un toque de las fantasías de Jane Austen. Para Martos, compartir un libro va mucho más allá de la coincidencia: «Presupones curiosidad, sensibilidad, inteligencia… imaginas que quien lee tiene características que se parecen a las tuyas». En la planta superior de la librería Gaztambide, en Madrid, la teoría se convertía en práctica. Allí, entre mesas y sillas plegables, se desplegaba una coreografía organizada estratégicamente: diez personas rotando cada tres minutos con el cronómetro a favor del destino. Era el escenario perfecto para comprobar si, tras el filtro de una lectura compartida, surgía la chispa necesaria para que el encuentro terminara en un intercambio de números. «¡Yo vengo aquí a buscar el amor!», exclama una de las participantes, confiada y con una sonrisa que lograba acallar el murmullo nervioso de la sala. Su declaración, libre de cinismo, actuó como el verdadero pistoletazo de salida. Esa confesión a viva voz es el motor de esta incesante invención de fórmulas: desde el código binario hasta el encuentro entre estanterías. Lo que presenciamos no es desesperación, sino una fe inquebrantable en la posibilidad del encuentro; una voluntad creativa que se niega a dejar el afecto al libre albedrío. «Tres minutos son mucho tiempo, pero aquí puede que os queráis quedar un cuarto», invita Martos antes de que comience el espectáculo. Los participantes pueden preguntarse cualquier cosa pero, en caso de auxilio, sobre las mesas descansan tarjetas con preguntas literarias diseñadas para romper el hielo y sortear la tensión: «¿Qué dice de ti el tipo de libros que abandonas?»; «¿Libros largos o novelas cortas?»; o la infalible «¿Qué libro hizo que te replantearas algo importante en la vida?». Todo es un «a ver cómo sale esto» hasta que apenas terminada la primera ronda, ocurre el milagro: una de las parejas pide saltarse las normas, ignorar el cronómetro y no cambiar de asiento. ¿Estamos ante la clave del éxito del 'speed dating'? ¿El tren del 14 de febrero tiene una parada obligatoria en la sección de novedades? Esta incesante invención de fórmulas, del código binario al encuentro entre estanterías. Nuestra fe inquebrantable en la posibilidad del encuentro. No es desesperación lo que nos mueve, sino una voluntad creativa que se niega a dejar el afecto al libre albedrío de un mundo cada vez más ruidoso. Al buscar el amor a través de la cultura, intentamos que nuestras pasiones actúen como un faro; convertimos la lectura, que suele ser visto como un acto solitario, en un lenguaje compartido para acortar distancias. Es fascinante cómo, en pleno siglo XXI, seguimos diseñando rituales contemporáneos con la misma devoción con la que se escribían las cartas de antaño. Inventar estos formatos es, en el fondo, un homenaje a nuestra propia humanidad: un recordatorio de que, a pesar de toda la tecnología disponible, seguimos confiando en que el próximo gran capítulo de nuestra vida puede empezar compartiendo la misma página de un libro. En ese baile de asientos y cronómetros, las fronteras también se desdibujaban: poco importaba el género en el intercambio de parejas. Martos observaba la escena con una mezcla de orgullo y complicidad: «No es solo un juego de citas rápidas, es un experimento social donde la cultura se convierte en puente entre personas». Mencionan a García Márquez, a Manuel Vilas, a Mariana Enriquez . Algunos dicen que «luchan por la dignificación de la ciencia ficción», otros lamentan que Patrick Rothfuss no vaya a escribir la tercera parte de 'El nombre del viento'. Entran con una facilidad olímpica a esta dinámica que no es tan sencilla de dominar. Este 'Book Dating' es una anomalía deliciosa: demuestra que lo que parecía una tendencia posmoderna en realidad no lo es. El papel sigue siendo un conductor que nunca falla. Allí, lo absurdo de cronometrar el afecto se celebra, y la timidez se transmuta en complicidad literaria: un encuentro que pone en jaque el deslizar hacia la derecha