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Ramón Cabrera, el «tigre» que tuvo en jaque a la España liberal

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Si los carlistas del norte tuvieron a Zumalacárregui, los del Maestrazgo hallaron en Ramón Cabrera a su caudillo por excelencia. Antiguo seminarista sin experiencia militar previa, el tortosino, de veintisiete años al inicio del alzamiento carlista en 1833, ascendió hasta llegar a ser el Tigre, señor casi absoluto de un territorio que se extendía del Ebro al Júcar y de los confines de Cuenca al Mediterráneo. En el Maestrazgo, región montañosa cuajada de valles angostos, cuevas recónditas y antiguos castillos medievales enclavados en peñas inaccesibles, tuvieron los fieles de don Carlos su segundo gran bastión tras el vasco-navarro. A diferencia de la del norte, la del Maestrazgo fue sobre todo una guerra de guerrillas –aunque no faltaron batallas campales y asedios– en la que carlistas y liberales pugnaron por controlar una población dispersa, de recursos escasos, de claras tendencias legitimistas y siempre pronta a dar apoyo y cobijo a las partidas que recorrían sus pagos para adentrarse en las huertas de Valencia, el Ebro y Murcia en pos de botín.

Fue en este escenario en el que brilló Ramón Cabrera, del que su paisano Buenaventura de Córdoba, autor de la única biografía autorizada del personaje, dejó una curiosa semblanza: «Tiene la estatura de 5 pies 2 pulgadas [1,63 m]. Su musculatura [es] marcada, sus movimientos frecuentes y rápidos, su vivacidad prodigiosa, y extraordinaria su actividad». Cabrera, a decir de Córdoba, era un hombre de «pelo negro, cejas del mismo color, bien arqueadas y muy pobladas, cruzándose sobre la nariz [...] la boca regular y bien hecha, el bigote corto y también la patilla, los dientes muy blancos, la barba cerrada y algo saliente, el color de la piel amarillento».

El austriaco príncipe Lichnowsky, que conoció en persona a Cabrera en junio de 1837, al llegar con la Expedición Real del pretendiente don Carlos a orillas del Ebro, destacó en sus memorias las «facciones morunas» del tortosino, cuyos grandes ojos negros, dijo, «brillaban con un ardor sombrío». Concluía el austriaco que «su barba, apenas cubierta de un ligero vello; su pequeña estatura, sus miembros delicados, pero proporcionados perfectamente, le daban una apariencia tan infantil que no se reconocía en él al atrevido jefe sino por el respeto y el ciego entusiasmo que le testimoniaba su comitiva». El aventurero prusiano Wilhelm von Rahden, agregado también a la expedición, dijo del Tigre que «era la imagen de un joven estudiante, desenvuelto y libre en cada uno de sus movimientos, palabras y modales».

Cabrera destacaba entre la oficialidad legitimista por su peculiar indumentaria: se cubría con una boina blanca, con borla de oro; vestía un sobretodo verde muy corto y un pantalón escarlata con galones de plata, y calzaba botas de cuero. No portaba espada ni sable; a veces sujetaba uno a su silla de montar, pero nunca a su cintura, y llevaba dos largas pistolas en el arzón de la silla en fundas forradas de piel de lobo.

Festivo y jovial

En cuanto a su carácter, escribió Córdoba que «en sus momentos de calma es festivo y jovial, y en la conversación amistosa y ordinaria, amable», si bien añadió que rebosaba de energía y raras veces estaba tranquilo. Von Rahden coincide en describirlo como un hombre activo y laborioso que además sabía ganarse el favor de sus tropas: «El joven caudillo conocía como nadie el arte de sugestionar a los soldados y aparecer envuelto en un nimbo de infalibilidad». También gozaba del aprecio de la gente humilde: «conversa con el campesino sobre cualquier detalle que pueda interesarle, profundiza en sus quejas y problemas, y siempre lo despide satisfecho».

Cabrera necesitó de todas sus habilidades como guerrillero, general y jefe para sostener siete años de guerra contra el gobierno liberal. La del Maestrazgo fue una guerra brutal, marcada por una espiral de represalias entre uno y otro bando caracterizada por las ejecuciones sumarias de centenares de combatientes y civiles. Merced a sus propias dotes de mando, a la falta de una estrategia definida en las filas liberales, al buen aprovechamiento del terreno y la paulatina creación de una serie de estructuras administrativas que convirtieron un puñado de guerrillas dispersas en el segundo mayor ejército del pretendiente, el Tigre hizo del Maestrazgo un foco de oposición carlista que el gobierno de la regencia no pudo controlar y eliminar hasta mediados de 1840, una vez sellado el frente norte, cuando Espartero acudió a la región al frente de más de cincuenta mil hombres, dispuesto a aplastar de una vez por todas a la «facción».















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