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Rafael Herrera Guillén: «El arte, sea lo que sea, hace que la vida valga más»

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Abc.es 
El filósofo y creador Rafael Herrera Guillén publica 'Que la vida valga más. Arte y pensamiento en Gustavo Torner', un libro sobre uno de los grandes nombres del arte español del siglo XX. Editado por Tecnos con prólogo de José Luis García del Busto y concebido antes del fallecimiento de Torner en septiembre de 2025, -estaba ya en el horno cuando se conoció la noticia- el volumen se lee hoy también como un testamento compartido: el del artista que pensó con imágenes y el del filósofo que encontró en la materia una forma alternativa de pensamiento. -El título del libro, 'Que la vida valga más', parece una declaración de intenciones… ¿Qué encierra esa frase en relación con la obra de Gustavo Torner? -Encierra todo. De hecho, creo que es el lema de su vida y de su obra. La frase procede de la de «cultura» que hacía un poeta muy querido por Torner, T.S. Eliot. Eliot decía que «cultura es aquello que hace que la vida valga más». Pues bien, Torner traslada esta definición de cultura al arte como ese lugar en el que la cultura alcanza su mayor nivel de excelencia. Torner solía decir que no sabemos qué es el arte. Es algo inefable. Yo estoy de acuerdo, no lo sabemos, pero es que tampoco sabemos qué es la vida. Lo que sí sabemos (o sentimos) es que el arte, sea lo que sea, hace que la vida valga más. Tampoco sabemos qué es la vida, pero sabemos que el arte la dota de valor. Tampoco queda muy claro qué es «valer». Pues la vida no vale en el sentido de servir para algo. Vivir se vive porque sí, existimos porque la vida nos lleva, y en este ser llevados por la vida en la existencia, el arte la encumbra a un lugar que le da sentido. Y por supuesto, tampoco sabemos qué es ese sentido, pero produce en nosotros una intuición de felicidad y conocimiento, una intuición de que, gracias a todo su misterio, la vida tiene sentido. Además, en castellano, el título, como usted dice, es una petición de principio, con la que yo estoy de acuerdo.   -Usted presenta a Torner no solo como artista, sino como pensador. ¿Qué hace de su obra un territorio tan fértil para la reflexión filosófica? -Como decía Fernando Zóbel, que conoció tan bien a la persona y al artista, Torner tiene un estilo de pensar más que un estilo de hacer. Es un pensador cuyo lenguaje es plástico. La filosofía del siglo XX se caracteriza por la preocupación por su propio estatuto como disciplina. Desde el giro lingüístico hasta la posmodernidad, el filósofo tiene una fuerte conciencia del problema del lenguaje. En realidad, se trata de un problema antiguo. Está en Platón —como casi todo— y ya aparece en Heráclito, filósofo que marca profundamente el alma y la obra torneriana. En la obra de Torner hay un diálogo muy críptico con diversos filósofos en el que se muestran y se ocultan las tensiones propias de la expresión de la verdad. El artista se enfrenta a Platón, Heráclito, Parménides o Aristóteles con un estilo muy familiar para un filósofo: más que decir, sugiere. Nunca muestra todas sus cartas. Como el oráculo de Delfos, no dice la verdad, la muestra; ofrece señales que cada cual debe interpretar. En la obra de Torner hay un espíritu oracular, profundamente socrático e irónico. Sospecho que se divertía pensando que el espectador podía no entender la obra, entenderla mal o necesitar tiempo para hacerlo. En esa ironía hay misterio, pero también una enorme generosidad, porque Torner jamás explicó sus obras ni se erigió en intérprete de sí mismo. Hay en la obra de Torner como un espíritu oracular. Muchas de sus pinturas y objetos nos seducen porque muestran tanto como ocultan. En el fondo, todo es muy socrático también, muy irónico pues imagino que Torner debía divertirse mucho pensando en que el espectador o no entendería la obra o la entendería mal o debería tomarse un tiempo hasta entenderla. Y en esta ironía, además de misterio, hay mucho de generosidad, pues el artista jamás explicó sus obras, jamás se alzó como un celoso intérprete de sí mismo. Podría seguir, ya ves, hablando de su conexión con la filosofía. En definitiva, Torner es un artista conceptual si por conceptual entendemos un arte que encubre y a la vez expresa una densidad hermenéutica; pero es también un artista muy material, porque tiene la virtud (la genialidad) de ofrecer esos conceptos, es densidad hermenéutica a través de objetos estéticamente bellísimos. -En el libro habla de los homenajes de Torner como una «gran conversación» con los sabios de todas las épocas. ¿Con quién dialoga Torner de manera más decisiva? -Esta idea nace, en realidad, de una obsesión mía. Yo paso la vida dialogando con personas ausentes. Hay un verso de Quevedo que define la lectura como siempre la he sentido: «escuchar con los ojos a los muertos». Esa escucha que se produce al mirar un cuadro o leer un libro alimenta una conversación que dura años. Creo que la larga serie de homenajes que realiza Torner constituye la expresión plástica de su biblioteca imaginaria. A una persona se la puede definir por su biblioteca: los libros que la habitan dicen mucho más de lo que creemos. En ese sentido, los homenajes tornerianos funcionan como autorretratos indirectos, en los que el artista habla de sí mismo a través de su admiración por los otros, ya sea un músico como Stravinski, un filósofo como Platón o un escritor como Borges. -Heráclito, Platón, Kant, Heidegger, Borges o San Juan de la Cruz aparecen en su análisis. ¿Pensaba Torner con imágenes del mismo modo que otros pensaron con conceptos? -Sin duda, así, es. Sus imágenes componen estructuras argumentativas no lingüísticas, incluso a veces guiones escenográficos estáticos. Me refiero por ejemplo a obras como Elogio de la locura (A Brancusi), considera una obra sublime por historiadores como Calvo Serraller. Esta obra posee una condensación de elementos que exige del espectador una gran exigencia para poder desbrozarla. Naturalmente, como siempre en Torner, también se puede disfrutar por sí misma, por su belleza externar. Pero aquí sucede como con el lenguaje conceptual. Uno puede leer un argumento y entenderlo en su lógica gramatical. Esto es un nivel. Uno puede quedarse en él si quiere. Pero después existe otro nivel, que es cuando forzamos a ese argumento con preguntas hasta extraer la última gota de su profundidad. El proceso es paralelo. -Tras su fallecimiento a los cien años, ¿qué lectura nueva adquiere hoy la obra de Torner? ¿Cambia nuestra forma de entender su legado? -Tuve la oportunidad de estar presente en su última aparición pública, en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, que le rendía un homenaje con el título «Regalo para un centenario». Los presentes nos quedamos muy impresionados cuando lo vimos aparecer en el salón de actos de la Academia a sus cien años de edad. Creo que casi nadie esperaba que pudiera asistir. Se produjo un aplauso espontáneo general. Incluso al final del evento, habló para los presentes. Creo que aquellas palabras revelan su legado: «Para mí el arte, todo el arte, es un misterio; cuando es arte y no engaño, que también hay, pero de eso no hablamos. Es el plus que necesita la persona para soportar tanta idiotez que hay por el mundo. El arte es fundamental, pero no sabemos lo que es. Se puede sentir, darte cuenta de que ha ocurrido, pero no por qué». Fue maravilloso escuchar estas palabras de aquel hombre de cien años, lúcido, en pie, con la voz tomada por los años. Cuando salí del salón sabía en mi interior que acababa de asistir a la lectura de un testamento vital. -Torner fue un creador total: pintura, escultura, museografía, diseño, arquitectura. ¿Esa diversidad responde a una misma idea de cultura? -Son lenguajes, herramientas, lugares diferentes desde donde expresar una misma idea de cultura, en efecto, que se sustancia en la excelencia. Cultura en Torner siempre es sinónimo de excelencia. Hay en su perspectiva un elemento aristocrático en cierto sentido, que nada tiene que ver con clasismo, por supuesto. La excelencia es el nivel mayor que puede alcanzarse. Pues bien, la moral estética torneriana exige que sólo se considere arte aquel objeto que alcanza ese nivel. La cuestión es ¿cómo se alcanza o cómo sabemos que una obra alcanza ese nivel? No se sabe. Es un misterio, pero sentimos, sabemos, que sucede. -El Museo de Arte Abstracto de Cuenca es una de sus grandes herencias. ¿Qué representa hoy ese proyecto en la historia del arte español? -Para mí representa el futuro. Es el corazón del arte contemporáneo de España. Se yergue desde el pasado como una historia de éxito que llega hasta hoy. Y digo que es el futuro porque su historia nos enseña que es posible fundar algo sólido incluso en las circunstancias más difíciles. Como decía Fernando Zóbel, el proyecto era tan absurdo que sólo podía salir bien. Hoy el arte pasa también por una situación muy complicada. No importa. La vocación artística, si es real, prevalece sobre cualquier circunstancia por muy hostil que sea. Tampoco hay que ser ingenuo. Sin determinadas circunstancias materiales, es imposible llevar a cabo determinados proyectos. Pero lo fundamental, lo que funda, es tener la determinación un poco romántica de que las cosas salgan a pesar de las evidencias. -Como filósofo que ha encontrado en la pintura otra vía de pensamiento, ¿le ha ayudado su propia experiencia artística a comprender mejor a Torner? -Sin duda. Como le decía, me paso la vida 'escuchando' a otros con los ojos. Mi relación con Torner es del mismo tipo que mi relación con otros pensadores que me preocupan desde mi juventud, especialmente Carlo Michelstaedter. Para mí la pintura es la filosofía por otros medios. La filosofía no tiene género propio. Y esto lo digo en sentido absoluto. Lo que quiero decir no es que la filosofía se puede expresar a través de cualquier género literario. Esto es evidente: existen tratados de filosofía, cartas filosóficas, poemas, ensayos, guías, incluso hasta confesiones filosóficas. El paroxismo es que existe también el silencio filosófico. Mi experiencia con el arte es tan tortuosa como mi experiencia con la filosofía. La filosofía carece de género en el sentido en que puede ser lenguaje plástico, es decir: hay mucha filosofía que no se expresa en ningún tipo de lenguaje verbal, del género que sea. 'Que la vida valga más. Arte y pensamiento en Torner' es mi modo de demostrar esto a través de o más bien junto con Gustavo Torner. -¿Hasta qué punto este libro es también un diálogo suyo —personal e intelectual— con Gustavo Torner? -Hasta el punto en que su dedicatario es mi alter ego artístico, Guillener. Recuerdo la mirada de un amigo, un gran torneriano, que, al leer el libro, me expresó su extrañeza por la dedicatoria. Yo no respondí apenas nada. Un mero gesto con el que indicaba que debía ser así. Este libro contiene veladamente una autobiografía. Se puede leer como el análisis de un filósofo sobre la obra de un artista. Esto es correcto, por supuesto, pero hay otra lectura: es la puesta en escena de una conversación privada a lo largo de los años, que tiene resultados plásticos. De hecho, el libro no está terminado. Solo estará terminado cuando se convierta en un palimpsesto. Ahora mismo estoy trabajando en una obra que se llama «Palimpsesto 'Torner'». Mis palimpsestos son el resultado de la descomposición de uno de mis libros sobre cuyas páginas intervengo plásticamente. En la actualidad estoy descomponiendo Que la vida valga más y pintando sobre sus páginas. El resultado será el Palimpsesto 'Torner', que espero exponer en su momento. Al destruir el libro de este modo, lo reconstruyo a través de un nuevo lenguaje. Así se cierra el ciclo: lo que el filósofo crea, el artista lo deconstruye. -Si tuviera que condensar en una sola idea qué nos deja Torner hoy, ¿cuál sería? -Una frase suya: «Deberíamos ser más racionales sin dejar de ser irracionales».














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