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Starmer gana tiempo en medio de la tormenta política

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Keir Starmer ha superado la semana más peligrosa desde que llegó a Downing Street hace poco más de un año, poniendo fin a una era de catorce años con los tories en el poder. Pero sobrevivir no es gobernar. El premier ha logrado frenar una rebelión inmediata, aunque su posición está lejos de ser sólida. En Westminster nadie habla de estabilidad; se habla de prórroga. La cuestión es cuánto durará.

La crisis no ha sido meramente reputacional. Ha sido estructural. En cuestión de días, Starmer perdió a Morgan McSweeney, su jefe de gabinete y estratega electoral; a Tim Allan, responsable de comunicación; y a Chris Wormald, secretario del Gabinete. Tres figuras centrales en la arquitectura de poder del Número 10. No se trata solo de dimisiones, sino de la desarticulación del núcleo que concentraba decisiones, estrategia y control político en un Gobierno que, pese a contar con mayoría absoluta, sólo proyecta fragilidad.

Desde que asumió el liderazgo del Partido Laborista en 2020, Starmer aplicó una hoja de ruta clara: recentralización del mando, disciplina interna estricta y marginación progresiva del radical corbynismo heredado por el anterior líder, Jeremy Corbyn, considerado el Pablo Iglesias británico. McSweeney fue el ingeniero de esa operación. Su salida deja al primer ministro sin el blindaje estratégico que convertía su perfil tecnocrático en liderazgo electoralmente eficaz. Muchos en el partido admiten en privado que era McSweeney quien tenía el timón del barco.

El origen del terremoto político está en el nombramiento de Peter Mandelson, histórico dirigente laborista y figura emblemática del blairismo, como embajador británico en Washington. Starmer admitió que conocía la amistad de Mandelson con el pedófilo convicto Jeffrey Epstein, pero asegura que no sabía la profundidad de esa relación. Nadie duda de la integridad del premier. Incluso sus peores enemigos le consideran un hombre de principios. Pero la crisis ha supuesto la gota que colma el vaso para un sector importante de sus filas, que cada vez tienen más dudas ante un hombre incapaz de controlar la narrativa, impulsar el crecimiento económico o crear entusiasmo entre los votantes.

De momento, la moción de confianza interna no ha prosperado. El sistema del Laborismo exige que un número significativo de diputados presente formalmente un desafío al liderazgo. No basta con el malestar mediático. Se necesita coordinación, candidato alternativo viable y garantías de no fracturar irreversiblemente al partido antes de elecciones clave. Hoy ese triángulo no existe. Hay ambiciones, pero no consenso.

El ala centrista, dominante tras la victoria electoral, ha quedado tocada. La narrativa que gana terreno habla de “reajuste moral”, de cultura interna cerrada y excesivamente controlada por un pequeño círculo. Ese espacio lo ocupa ahora la llamada izquierda blanda —más institucional que el antiguo corbynismo, pero crítica con el blairismo clásico— que busca influir en el rumbo sin precipitar, por ahora, un relevo traumático.

En ese contexto, el primer ministro se convierte en una figura transitoria útil para pilotar una redistribución de poder. Pero esa utilidad podría tener fecha de caducidad a corto plazo. El 26 de febrero, la elección parcial en el distrito de Gorton and Denton será el primer test. No porque ese escaño determine la mayoría parlamentaria —que sigue siendo amplia— sino porque representa la batalla política que se vive a nivel nacional con un laborismo debilitado y un auge del populismo de Nigel Farage que marcará el pulso del votante urbano progresista. Una caída significativa del voto laborista o un avance de fuerzas como los Verdes o Reform UK alimentaría el relato de declive.

El examen decisivo, no obstante, llegará el 7 de mayo con elecciones locales en Inglaterra y autonómicas en Escocia y Gales. En Escocia, donde el Labour intenta recuperar terreno frente a los independentistas del SNP, un mal resultado tendría especial impacto simbólico. En Gales, tradicional bastión laborista, cualquier retroceso sería interpretado como señal de agotamiento. Si esos comicios arrojan pérdidas severas, la presión interna podría transformarse en acción organizada.

Los nombres que circulan ya para suceder a Starmer son variados y responden a sensibilidades distintas: Angela Rayner, ex viceprimera ministra y figura vinculada al ala sindical, cuenta con fuerte respaldo interno entre diputados de base obrera; Wes Streeting, ministro de Sanidad, representa el perfil reformista, generacional y mediático del partido; Lisa Nandy, ministra de Cultura, ha ganado visibilidad en esta crisis al cuestionar la cultura interna del Gobierno; Ed Miliband, actual ministro de Energía y antiguo líder del partido, no aparece como aspirante inmediato pero influye ideológicamente en el giro hacia posiciones más sociales.

Ninguno reúne hoy el consenso suficiente para desencadenar una transición limpia. Esa es la principal razón por la que Starmer sigue en el cargo. Hay además un factor estratégico: el temor a abrir una pugna interna que beneficie a la oposición conservadora o al avance de Reform UK, el partido de Nigel Farage, que está capitalizando el voto de protesta. La fragmentación del sistema bipartidista añade presión: el Laborismo no solo compite con los conservadores, sino con verdes y liberaldemócratas por el electorado progresista. Si falla en alguno de esos frentes, la tregua actual puede convertirse en preludio.

En definitiva, en Westminster nadie da la crisis por cerrada. Lo que se dirime en las próximas semanas no es solo la continuidad de un primer ministro, sino el equilibrio interno de poder dentro del Partido Laborista y el rumbo estratégico del Gobierno con grandes desafíos domésticos y un escenario geopolítico cada vez más convulso.















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