El alma unida de un pueblo
Hay palabras que adquieren un relieve especial en momentos difíciles. Solidaridad y unidad son dos de ellas. En las esquinas, en los barrios, en las colas, en cada familia cubana, resuena hoy la certeza de que el futuro no se construye con las manos cruzadas ni desde el aislamiento, sino desde el abrazo humano que multiplica las fuerzas y abre caminos donde antes solo había incertidumbre.
Cuba atraviesa una etapa que exige más que resistencia; reclama ingenio, sensibilidad y sentido de comunidad. La solidaridad no puede entenderse solo como un gesto altruista ocasional, sino como un modo de vida, una ética cotidiana que convierte los retos colectivos en oportunidad para el crecimiento moral del pueblo.
En Holguín, como en todo el país, hay ejemplos que hablan por sí mismos: el campesino que comparte parte de su cosecha con los vecinos del reparto, los jóvenes que se suman a limpiar un consultorio médico, o la familia que, a pesar de sus limitaciones, ofrece una mano amiga al anciano que vive solo. En cada gesto anónimo florece una nación que nunca ha renunciado a su vocación de centro solidario.
La historia cubana ha sido una lección permanente de unidad frente a la adversidad. Desde las luchas por la independencia hasta las más recientes batallas por sostener la soberanía, ha sido el sentido de pertenencia el que nos ha salvado del desaliento.
En la raíz misma de nuestra identidad está ese impulso por compartir lo que somos y lo que tenemos, aun cuando los tiempos parezcan implacables.
Hoy, cuando el escenario económico impone tensiones y el desánimo intenta encontrar espacio, es preciso recordar que la unidad se cultiva. Crece en la escucha, en el diálogo respetuoso, en el esfuerzo por comprender al otro y sumar voluntades.
La sociedad cubana es diversa, pero en esa diversidad habita su mayor fortaleza. No se trata de pensar todos igual, sino de caminar juntos por el bien común.
En comunidades rurales o centros urbanos, en fábricas, universidades o escuelas, la espiritualidad solidaria del cubano sigue siendo una reserva moral invaluable. Quizá, no siempre aparezca en los titulares, pero palpita en el día a día, en el intercambio de saberes, en el trabajo voluntario o en la cooperación entre vecinos. Esa fibra humana sostiene al país y le da sentido a la palabra Patria.
Volver a creer en la fuerza del nosotros es la tarea esencial. No hay salida individual posible frente a desafíos colectivos. La crisis —con todas sus aristas— puede ser también una oportunidad para rencontrarnos, para redescubrir la capacidad que tenemos de acompañarnos y sostenernos mutuamente.
El cubano, con su humor a prueba de todo, sabe que incluso en los momentos más complicados la risa compartida es un acto de resistencia. Esa mezcla de ternura y bravura, de inventiva y esperanza, nos mantiene de pie, con la mirada puesta en el porvenir.
Porque la unidad es el hilo invisible que entrelaza generaciones y que permite que, aun con dificultades, Cuba siga siendo esa Isla de dignidad que no cede ante el cansancio.
Si algo nos ha enseñado la historia es que la solidaridad enriquece, une, fortalece y dignifica. Y en esa certeza, tan honda como el alma del pueblo, descansa la fe en un mañana que, aunque desafiante, seguirá naciendo desde la fuerza común de quienes creen y actúan por el bien de todos.
