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Cuando el que gobierna ordena, los gritones se desesperan

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Hace unos días me crucé con un artículo de Fernando Untoja, uno de los intelectuales aymaras más respetados del país. El texto es coherente con su marco cultural —y eso se respeta—, pero también parte de una premisa equivocada: que Bolivia sigue orbitando exclusivamente alrededor de la lógica del poder aymara, como si el resto del país fuera un apéndice folclórico sin voz ni criterio. Y no. Ese monopolio ya hizo demasiado daño en las últimas dos décadas.

Untoja sostiene que “cuando el que gobierna no ordena, otros mandan”. Que noventa días bastan para saber si quien ejerce el poder entiende el peso del bastón. Que el gobierno apenas ordenó la superficie, pero no tocó el núcleo del poder. Y remata con la sentencia cultural: quien duda demasiado deja de ser jefe.
Interesante. Profundo. Ritual. Pero incompleto.

Porque esa lectura asume que el poder solo existe cuando se impone, que la autoridad se prueba con gestos duros y que gobernar equivale a cortar cabezas rápido, aunque después no quede nada en pie. Una lógica respetable en su cosmovisión, pero no necesariamente eficaz en un Estado que viene de años de saqueo, miedo y degradación institucional.

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Ahora bien, es momento de poner sobre la mesa la mirada camba. Esa que incomoda, que provoca alergia ideológica y que algunos —por pura frustración— confunden con “regionalismo”. No es odio ni desprecio: es éxito ajeno mal digerido.

La mirada del oriente boliviano no entiende la épica del bloqueo eterno, ni la romantización de la pobreza, ni la obsesión por vivir atrapados en el mismo discurso desde hace quinientos años para no hacerse cargo del presente. Acá el pasado no se negocia: se supera.

Nuestra mirada no necesita yatiris, ni bastones sagrados, ni silencios místicos para explicar por qué un país avanza o se estanca. Aquí el poder no se invoca: se trabaja. No se hereda: se produce. No se grita en marchas: se invierte.

Mientras algunos siguen administrando agravios históricos, el camba está ocupado en algo mucho más peligroso: generar propiedad privada, crear empresas, dar empleo y producir riqueza. Sí, riqueza. Esa palabra que ofende al que vive del resentimiento, pero que es pan diario para el que vive de su esfuerzo.
Esta mirada no promete paraísos ni reparte culpas. Hace. Y tal vez por eso molesta tanto: porque deja sin discurso al que solo sabe gobernar desde la queja.

En Santa Cruz no medimos el poder por bastones ni ceremonias. Lo medimos cuando el caos baja la cabeza y los que vivían del desorden empiezan a chillar. Y eso es exactamente lo que está pasando: los que mandaban sin ganar elecciones hoy están nerviosos.

Noventa días —dicen— no alcanzan para nada. Curioso. Son los mismos que durante diecinueve años explicaron que todo estaba bien mientras el país se caía a pedazos. Hoy, de repente, descubrieron el reloj, el calendario y la impaciencia. Milagros de la coherencia política.

Es cierto: el miedo retrocedió. Y en tierra camba eso no es un concepto antropológico ni un “ayni social”. Es oxígeno. El ciudadano volvió a hablar, a producir, a opinar sin calcular si mañana le cae un proceso. Para algunos eso es poco; para el que vive de su trabajo, es enorme.

También se ordenó lo urgente: dólar, combustibles, abastecimiento. Sin vender humo ni prometer el Edén en tres meses. Acá sabemos algo básico: primero se apaga el incendio, después se pinta la casa. Lo otro es discurso de campaña… o de café.

Que no confundan prudencia con debilidad. El camba no grita antes de tiempo. Observa, mide, deja que el otro se equivoque solo. El que está acostumbrado al látigo confunde calma con miedo. Grave error. El poder real no necesita sobreactuar.

Se critica que el gobierno dialogue. ¡Qué pecado! Los mismos que aplaudían la imposición, el bloqueo y la patota sindical hoy exigen mano dura inmediata… pero solo contra los suyos. Mano dura selectiva: viejo deporte nacional.

¿Que el Estado aún tiene burócratas enquistados? Claro. Esto no es una mudanza de fin de semana, es una casa tomada durante años. Y gobernar también es limpiar sin romper todo, aunque no sirva para la foto.
Desde esta mirada camba, el problema no es que el gobierno no mande. El problema es que ya no mandan los de antes. Y eso duele. Al iluminado, al comisario ideológico, al operador eterno que creyó que el Estado era herencia familiar.

Acá no creemos en jefes autoproclamados ni en profecías políticas. Creemos en resultados. Y los primeros están a la vista, aunque a algunos les arda aceptarlo.

Rodrigo Paz no carga bastón. Carga algo peor para sus detractores: tiempo, respaldo ciudadano y una oposición desorientada. En Santa Cruz sabemos que el poder no se pierde por no gritar; se pierde por robar, mentir o fracasar. Y hasta ahora, ninguna de esas facturas se le puede pasar.

Así que tranquilos. El camba no corre. El camba no reza discursos. El camba espera. Y cuando actúa… ya es tarde para llorar.

(*) Alberto De Oliva Maya es escritor y analista político

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