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Jérôme Ferrari: «Los pisos turísticos deberían prohibirse, destruye las ciudades y a los jóvenes»

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Habría que matar al primer extranjero que llegara a nuestras cosas. El escritor[[LINK:INTERNO|||Article|||698f74684dc7de0007cf2f77||| Jérôme Ferrari]], [[LINK:TAG|||tag|||63361c3a59a61a391e0a1c81|||Premio Goncourt ]]por «El sermón sobre la caída de Roma», un texto que reflexionaba sobre los estertores finales de una época, de un siglo que se asoma al abismo, de toda una civilización, inicia con esta frase una novela inapelable, cargada de violencias, recuerdos y ambiciones, que ahonda en uno de los puntos más apocalípticos y de más clarividente diagnóstico de lo que significa nuestra época y de lo que también representa.

El turismo comenzó como privilegio de la aristocracia y de las familias pudientes; prosiguió después con una paulatina popularización que acabó erigiéndose en uno de los epítomes de la democracia al poner al alcance de la clase media y de las más humildes la posibilidad de viajar a otros países, y ha terminado convirtiéndose en una especie de peste, de una plaga de langosta moderna, que arrasa docenas de ciudades, despertando en sus habitantes recelos y odios, alimentando prejuicios latentes, encareciendo el fluctuante mercado inmobiliario, destruyendo el tejido del pequeño comercio, uniformando las ciudades y convirtiendo las calles en un gigantesco centro comercial. «Los pisos turísticos están destrozando las ciudades y las oportunidades de miles de jóvenes. Esto es muy peligroso para todos. Los B & B son un problema político. Tendría que estar prohibido este tipo de alojamiento. Es letal y es pernicioso para todo y todos. Hace subir el precio de los alquileres artificialmente. Es algo terrible», comenta el autor con preocupación.

«Hasta las relaciones humanas se han convertido en una extensión del consumo»

Jérôme Ferrari

Jérôme Ferrari publica «La isla» (Libros del Asteroide), un impactante relato que principia con un asesinato en Córcega. Alexandre matará, en presencia de una multitud de personas y ante el espanto de esta multitud, a Alban, un chico al que conoce, además, desde su infancia. Detrás de este crimen está la reconocible escarapela que suponen el dinero y los deseos personales.

Temporada estival

A través de esta historia, el escritor saca a relucir los estragos que provoca el turismo en la actualidad. «En el corazón de la novela hay una idea: “Pasamos de una temporada de frenesí a una temporada de soledad y frío”. Esta frase está en el corazón de la misma experiencia del turista. He trabajado en Porto Vecchio, que es una estación balnearia en Córcega. Y ocurre justo esto mismo. Amanece octubre y, de repente, todo desaparece: las terrazas, las sillas de los restaurantes... No se ve a nadie en las calles. Es una situación de esquizofrenia y nadie está contento. Las inmobiliarias funcionan solo con el turismo y no alquilan a la gente que reside allí. Son solo pisos turísticos, como sucede hoy en París. Existen barrios enteros en los que no se pueden alquilar pisos porque están reservados para la estación estival, para la temporada de verano. Ganan más así que teniéndolos arrendados todo el año».

Para el escritor, que tiene una mirada crítica sobre este fenómeno, «todo es una manifestación de las relaciones que estamos manteniendo con el consumo. Hasta las relaciones humanas se han convertido en una extensión del consumo. Son productos también para el consumo propio». Esta obra, que no está exenta de historias y de pasajes de una marcada y extrema violencia que enraíza con la naturaleza humana y con lo más primigenio que descansa en ella. «El turismo genera odio y esto se crea en lugares como Córcega. En Barcelona, por ejemplo, existen otras actividades adicionales al turismo; en cambio, en esta isla no existe más negocio que el negocio estacional, como ocurre con otras islas del Mediterráneo. Yo mismo lo he experimentado allí».

«Los turistas acuden a los lugares no para verlos, sino para mostrarlos en las redes»

Jérôme Ferrari

Ferrari, con una prosa evocativa, magnética y exacta, reconoce que el turismo «es un desarrollo económico que empobrece a la larga a las poblaciones. Impide la vida real de las personas» y «un sistema de consumo sin nada más. Aquí los elementos procedentes del folclore son como una decoración más. Para los turistas, los habitantes de estas localidades no son personas reales. Todo se percibe como un decorado artificial. Habrá gente que viaja para conocer las diferencias culturales, pero a los que acuden para tomar el sol no les interesa nada de eso. Es un misterio para mí saber cuál es el motivo que impulsa a la gente a viajar. Lo desconozco. ¿Por qué viajan para ver a su vecino justo al lado, en la misma playa?».

Un elemento determinante en el auge del turismo son las redes sociales y la necesidad de alimentar las cuentas que tienen los usuarios. Un fenómeno que Ferrari ha detectado y que comenta de manera crítica: «Es curioso cómo han influido todas las redes sociales, que han convertido todo en algo artificial. Los turistas acuden a los lugares no para verlos, sino para mostrarlos y para enseñar todo lo que se hace. Es exactamente igual a lo que sucede con la Mona Lisa. La gente va al Louvre no porque le guste esta obra, sino para tener la fotografía en la que aparece a su lado y colgarla en las redes sociales. Es increíble, pero es así, y es lo que forma colas enormes en París y en todas las ciudades para visitar un museo, entrar en una cafetería famosa o acudir a una tienda que se ha vuelto conocida».















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