Los nuevos partidos surgen de un estado de ánimo. Su irrupción no se debe a que aporten soluciones, sino a canalizar un clima emocional, casi siempre de malestar. Sucedió con Podemos, tras la crisis de 2008 sobre la ola del 15-M, y también con Vox, tras el procés y la ola sanchista. Lo previsible es que su éxito sólo se prolongue bajo ese caldo de cultivo, y después tienda a vaciarse de sentido. Y ese es el punto letal: dejar de tener sentido. En un dibujo semejante a la curva de Laffer, o a la campana de Gauss, suben aceleradamente desde la nada para alcanzar un punto máximo pero después comenzará a caer hasta desplomarse irreparablemente. Sólo si es capaz...
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