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Февраль
2026

En la guarida de los therians

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Abc.es 
En las últimas semanas se ha hecho viral la aparición de adolescentes y jóvenes con máscaras de animales, ladrando y perreando en plazas y calles. Son conocidos como los 'therians' , personas que sienten una identificación psicológica o espiritual con un animal no humano, en su mayoría, perros, lobos, incluso cocodrilos. Dicen estar convencidos de que no se trata de un disfraz o un juego sino de una verdadera identidad aunque luego imitan sus movimientos poniéndose colas y garras postizas. Ante esta extravagante moda algunos han dado gritos apocalípticos, ridiculizándolos y pidiendo ya el impacto de un meteorito sobre la tierra. Pero fuera de burlas, chanzas y bromas, el tema es lo suficientemente grave para hacer un análisis pausado de un fenómeno que es parte de una crisis humana más profunda de lo que se cree. La adopción de esta nueva identidad reproduce un proceso de construcción similar al de otras muchas identidades juveniles, repitiéndose el 'modus cogitandi y operandi'. Habitualmente se trata de jóvenes que necesitan obtener un reconocimiento personal y social al no tenerlo cubierto en su ámbito familiar y escolar. Sienten un desarraigo de lo propio humano y de los suyos, anhelando saciar su necesidad de pertenencia buscando vincularse a algo o a alguien que los apadrine. Padecen de aburrimiento existencial y sufren un desencanto por la sociedad que les rodea la cual no satisface sus inquietudes e ideales en plena fase de eclosión y maduración. A través de sus hocicos emiten gritos animales que esconden una desesperación causada por heridas afectivas que familia y educadores no han sabido interpretar y abordar. Actúan como transgresores de los límites humanos con comportamientos disruptivos para que alguien les haga caso de una vez. Vienen huyendo desde la realidad hacia la videosfera –el nuevo mundo virtual– en busca de su identidad perdida . Fragmentados en su personalidad, navegan a la deriva explorando nuevos territorios identitarios. Hambrientos y sedientos recalan en corrales digitales que les nutren de falsas promesas con las que sueñan ser, por fin, validados, amados… salvados. Los 'therians' debutan como una nueva versión de jóvenes postmodernos en crisis que, bajo los efectos de una elevada frustración y baja autoestima, terminan engrosando las filas de una nueva tribu a la que les atraen con mensajes, consignas y cantos seductores de fácil acceso si habitan –como millones de chicos y chicas- en las redes (Instagram y TikTok). Los múltiples foros, blogs y canales de YouTube son los cauces para captar adeptos y entrar a pertenecer a esta nueva comunidad digital. Y en una etapa como la adolescencia, cuando las emociones hierven, necesitan canalizarlas a través de otros que compartan las mismas que ellos. Perdido todo interés por mantener su identidad individual haciendo crecer la propia personalidad, deciden ponerla en venta para que una masa se apropie de ella, la anule y la suplante por una identidad colectiva. La sociedad de los 'therians', los 'furries', los reguetoneros, los 'pokemones', los otakus, los rastafaris, las góticas, los raperos, los 'punks', los 'muppies…' es la sociedad del individuo-masa, compuesta por átomos equivalentes que forman parte de una gran molécula colectiva en la que se disuelven. Como asegura el filósofo y sociólogo francés Gilles Lipovestky, esa colectividad construida provoca que el individuo se pierda en cuanto a su singularidad, llegándose a un estado en el que el «Yo no sea más que un Uno gregario y despersonalizado». Todos consumen lo mismo, siguen las mismas consignas y gritos de guerra, música, vestidos, libros e ideas. Es un juego mimético que produce un frenesí al alcanzarse un igualitarismo identitario porque todos son iguales y nadie piensa diferente a ellos. Son felices a costa de vivir en una masa que les domestica y adoctrina en un pensamiento único que neutraliza las notas discordantes y expulsa a los contrincantes dialécticos. Pero resultan ser masas alteradas que acaban actuando por miedo al otro distinto, necesitando fomentar la nostalgia de un enemigo imaginario fortaleciendo así su propia identidad. Son como crías engendradas en un nuevo organismo, renacidas bajo un supercuerpo que les amamanta para que crezcan disciplinadamente, dóciles y sin resistencias a las nuevas exigencias de la homogeneidad grupal. Tras un periodo de orfandad identitaria, finalmente se sienten adoptados por un conglomerado colectivo que les va a hacer sentirse seguros de sí mismos, disfrutando de la así llamada seguridad (ilusoria) de rebaño. El capítulo final de esta nueva serie – los 'therians' – es igual a la del resto y tiene por título: neopaganismo o nihilismo identitario. No hay un 'happy end' sino un desenlace trágico al pretender ser o identificarse con dálmatas, chihuahuas o cualquier otra raza de perro. Tras despertar del ensoñamiento o letargo, la vuelta a la realidad de la que se habían desconectado es crítica por lo nocivo de estar viviendo durante mucho tiempo en modo simulacro bajo la máscara o identidad de un imaginario animal. Los 'therians' son un ejemplo más de 'fake identity', típico de la modernidad líquida de Zygmunt Bauman generadora de nómadas identitarios que indefectiblemente acaban en el espejismo de producirse así mismo como ilusión. Pero el problema más grave de esta moda de insólitas singularidades y de carácter pendular es la fractura personal debido a que la identidad del sujeto humano se desvanece por la imposibilidad de comprenderla. Jugar, de nuevo, a mutar de naturaleza y a dejar de ser uno mismo para ser otro que nunca será él, precipita en un relación disfuncional con él mismo e inevitablemente en un vacío de identidad. Es una ceguera de su ser que le incapacita para definirse a sí mismo, impidiendo poseerse y entregarse a los otros ya que resulta inviable estar viviendo en quien en verdad no soy yo bajo una identidad falsa. Transitar hacia formas híbridas desemboca en un delirio identitario y una ulterior autolisis ontológica. Finalmente no llega a distinguirse quien es uno, si es un chihuahua o un ser humano. Algo similar ya lo relató Robert Stevenson en su novela decimonónica cuando el Dr. Jekyll acabó atrapado en su forma malvada, Mr. Hyde ('fake indentity'), muriendo envenenado.














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