Oiarzabal: la vida después de tocar el cielo
El hombre de barba encanecida y barriga despreocupada juega al mus con su cuadrilla de amigos en un bar cualquiera de su Vitoria natal. Envida, cómo no, quién dijo miedo, y da un sorbo a la cerveza que sabe debería desterrar ya de sus rutinas para no seguir haciéndose reproches cada mañana al mirarse al espejo.
Al hombre de voz despeñada y mirada penetrante le faltan todos los dedos de los pies. Esta mañana ha podado el seto de su jardín con parsimonia. Rutina de clases pasivas. Podría ser un jubilado más, pero no lo es. Es la tercera persona de la historia en subir los catorce ochomiles sin oxígeno artificial, el primer español en completar ese grand slam del himalayismo cuando los ochomiles no habían claudicado aún a los atascos en las crestas cimeras y el turismo no había irrumpido en los dominios de los dioses de las alturas.
Entrado en kilos y en nostalgias, ese fuego en la mirada que le llevó a sobreponerse a cualquier flaqueza para auparse a la cima del mundo todavía refulge en sus pupilas. «Si alguien hace cumbre, mis cojones también», solía repetir como mantra de la obstinación en no rendirse jamás. No ha habido mayor rinoceronte psicológico en el montañismo de nuestro país (el alpinista polaco Wojtek Kurtyka definió así al gran Jerzy Kukuczka por su fuerza de voluntad a prueba de avalanchas, ventiscas y temperaturas gélidas). En su caso, esas baladronadas venían avaladas por los hechos: en sus 47 expediciones al Himalaya siempre que alguien hizo cumbre Juan Oiarzabal (Vitoria, 1956) puso también un pie en la cima.
"Se merecía que se contara su historia"
Controvertido, libérrimo en sus filias y fobias, leal a sus amigos, impulsivo y tenaz, a sus casi 70 años rinde cuentas con su pasado en el documental «Oiarzabal. Entre Juan y Juanito», dirigido por Javier Álvaro, que se acaba de presentar en Madrid. Ciento once minutos que escarban en la personalidad del montañero y, sobre todo, en los rincones penumbrosos del hombre, del padre, del esposo y del amigo.
Ese hombre que un día decidió bajar la persiana de la pescadería en la que trabajaba y no volver a levantarla jamás. Se dedicaría a partir de entonces en cuerpo y alma a la montaña, y vaya si lo hizo. Hasta completar los 14 ochomiles –sexto alpinista en lograrlo– en 1999 al hacer cumbre en el Annapurna (8.091). No contento con eso, repitió dos años después el Everest sin oxígeno. Lo había ascendido en 1993 pero utilizando oxígeno artificial, algo que no se había perdonado. Había que volver y lo hizo, convirtiéndose en la tercera persona en la historia en sumar las 14 cimas de más de ocho mil metros sin esa ayuda extra.
«Juanito se merecía que se contara su historia dando una visión global del que ha sido uno de los grandes deportistas de nuestro país», asegura a LA RAZÓN Javier Álvaro sobre el documental. «De Juanito se ha hablado mucho, pero era necesaria una mirada más reposada, haciendo balance, no solo de su carrera deportiva, sino también de su vida».
Una larga y fructífera carrera deportiva –26 ochomiles a sus espaldas– en la que hay una montaña grabada a fuego: el temible K2 (8.611 metros). En 2004, en un descenso dramático casi noqueado por un edema pulmonar, Oiarzabal coqueteó con la muerte, como antes en el Kanchenjunga, y sufrió graves congelaciones a consecuencia de las cuales perdió todos los dedos de los pies. Con 48 años, para cualquiera, el final de su periplo en las grandes cimas de la tierra. No para Juanito, que aún sumaría cinco ochomiles más y se embarcaría incluso en el reto de completar por segunda vez los catorce, desafío entonces sin precedentes ante el que finalmente tendría que claudicar (se quedó a cuatro cimas).
"Claro que cuesta dejar el mundo de los ochomiles"
«Juanito necesitaba reivindicar su historia, poner en valor sus más de 50 años de actividad», señala el director del documental, que considera que esa trayectoria había sido en cierta forma oscurecida por sus últimas expediciones y su continua presencia en televisión (sus broncas en el programa «El conquistador del fin del mundo» eran carne de zapping). «Hemos querido que se viera al verdadero Juanito, al que es orgulloso pero cuida a su gente, al que reconoce sus errores, al que presume de sus logros y, al mismo tiempo, se muestra vulnerable».
«Lo que más nos costó fue “evitar” al Juanito televisivo», confiesa Álvaro. «No queríamos que saliera ese personaje un poco impostado. Poco a poco, creo que lo fuimos consiguiendo», apunta.
Su idilio con los ochomiles terminó en el Dhaulagiri (8.167 m) en abril de 2016. Allí, bajando de 7.000 metros en plena fase de aclimatación a la altura, sufre un trombo “de casi medio metro». «Los médicos no entendían cómo podía estar vivo», recuerda en el documental.
Esa expedición la compartió con su amigo de la infancia Alberto Zerain, fallecido al año siguiente en el Nanga Parbat engullido por una avalancha en la arista Mazeno junto a Mariano Galván. Su pérdida, unida a sus problemas físicos, fueron la puntilla para Juanito. Las grandes cimas se habían terminado. «Claro que cuesta dejar el mundo de los ochomiles», reconoce.
Tocaba seguir adelante. De otra manera. Y con una pesada carga de ausencias en la mochila. «Echo de menos a tantos, a tantos...».
Más de 70 horas de entrevistas
Dirigido por Javier Álvaro y producido por Últimas Fronteras del Planeta, por el documental «Oiarzabal. Entre Juan y Juanito» desfilan algunos de los principales alpinistas de nuestro país, que ayudan a perfilar la semblanza profesional y humana del himalayista vasco. De Juan Vallejo a Ferran Latorre pasando por Alberto Iñurrategi, Mikel Zabalza, Edurne Pasaban, Eneko Pou, Juanjo San Sebastián o José Carlos Tamayo .
Más de 70 horas de entrevistas y 100 horas de archivo de vídeo y fotografía –las imágenes del legendario «Al filo de lo imposible» de Sebastián Álvaro nutren parte de la película– que han permitido compendiar una vida con tantas aristas.
