Fundación Juan XXIII, 60 años transformando vidas
Hace 60 años, Luis Arroyo y Amparo Martínez se atrevieron a imaginar un mundo mejor. Un mundo que fuera más inclusivo, más justo y más sensible con las necesidades sociales de las personas que tenían alguna discapacidad intelectual y que, en 1966, vivían en Madrid. Él, psicólogo; ella, psicopedagoga. Ambos unieron vocación, conocimientos y compromiso para fundar el Colegio de Educación Especial Juan XXIII-Buenafuente. Volcaron en él todos sus recursos económicos y todo su capital intelectual, y tal vez entonces no eran plenamente conscientes de ello, pero acababan de poner la primera piedra del proyecto que marcaría sus vidas… y la de muchísimas personas más.
En mayo de este año la Fundación Juan XXIII (que ya es mucho más que un colegio) celebrará no solo su sesenta cumpleaños, sino el haberse convertido en una organización referente que reúne lo mejor del sector social y del empresarial, y que se vuelca para acompañar, a lo largo de toda su vida, a personas en situación de vulnerabilidad psicosocial.
Luis y Amparo, que empezaron atendiendo a 17 niños, quizá nunca pensaron que «su creación» acabaría beneficiando a 4.484 personas de forma directa; superando los 900 empleados; con 16 espacios gestionados; 16 divisiones, entre social y de negocio; y más de 34.000 metros cuadrados destinados a instalaciones. Al visitar la sede central de la entidad, ubicada desde 2006 en el barrio madrileño de Vicálvaro, es evidente que este matrimonio de emprendedores puede afirmar que ha conseguido lo que pretendía. Y quizá, incluso mucho más.
Si algo caracteriza a la Fundación Juan XXIII es que sus servicios no están limitados a una edad. Uno de los grandes problemas a los que se enfrentan las familias y las personas que tienen alguna discapacidad es que la gran mayoría de programas que les ayudan tienen fecha de caducidad, lo que les genera un gran sentimiento de desamparo. «En la Fundación estamos contigo hasta que te jubiles e incluso después de jubilarte», cuenta para LA RAZÓN Nuria Prieto, la responsable de Comunicación. «Todas las personas, todas las edades y todos los servicios. Esta es la filosofía y el modelo de inclusión pionero con el que trabajamos aquí», añade.
Tal y como defienden desde la Fundación, la vulnerabilidad psicosocial no entiende de edades, y por eso prestan asistencia a lo largo de todas las etapas de la vida: atención temprana (hasta los seis años); colegio de Educación Especial (hasta la transición a la vida adulta); Centro de Formación Profesional ; oportunidades laborales y empleo con apoyo; servicios de tutela; centros de día y ocupacionales; Centro de Bienestar Psicológico y Social ‘SumaMente’… En definitiva, todos los servicios para todas las personas, estén en el momento vital en el que estén.
Andrea tiene 33 años, es usuaria del Centro Ocupacional y viene diariamente a la Fundación desde 2013. «Estar tranquila y feliz» es lo que le genera este lugar y todas las labores que hace en él, entre las que destaca «los talleres de radio, de reciclaje y el grupo de mujeres». Según explica, ha aprendido (y aprende) muchas cosas viniendo al centro, donde puede hacer actividades «mientras me lo paso bien y me siento alegre, de buen humor cada día». Su compañero Víctor, de 40 años y usuario de la Fundación desde hace 20, también recurre a las palabras felicidad y tranquilidad para expresar lo que siente al hablar de este entorno: «Con el paso de los años me encuentro mejor, más feliz, más tranquilo… Es mi segunda casa. Tengo buenos amigos, buenos profesores, me siento muy acogido. Desde que estoy aquí mi calidad de vida ha cambiado muchísimo», asegura.
Al pasear por una de las muchas plantas que tiene el edificio de Vicálvaro se respira, tal y como explican los usuarios, familiaridad, alegría y tranquilidad. Parece difícil que puedan darse estas características en un espacio tan grande por el que diariamente pasan tantas personas con necesidades distintas, pero aquí todo lo «difícil» se ve de manera diferente. «El objetivo es que el tiempo que pasan dentro de la Fundación contribuya a su bienestar y desarrollo», dice Nuria, que a lo largo del recorrido por las instalaciones tiene que detenerse para saludar y responder a los abrazos cariñosos de varios usuarios, con quienes comenta las tareas del día o la última canción de los Hombres G.
Formación… y empleo
En el año 2009, persiguiendo esa idea de hacer útil el tiempo que los jóvenes pasaban en la Fundación, se creó el primer centro gratuito y autorizado para impartir certificados de profesionalidad para personas con discapacidad intelectual y/o mental; todo un hito a nivel nacional. Se imparten cursos de pastelería, cocina, floristería, agricultura, jardinería, actividades de almacén y empaquetado... Al tratarse de una ONG, la Fundación Juan XXIII no tiene ánimo de lucro. Sin embargo, la prestación de sus numerosos servicios exige una inversión constante. Esto les llevó a desarrollar líneas de negocio que compiten directamente con empresas externas y que, además, generan empleo.
La entidad cuenta, entre otras cosas, con: un departamento de catering y comida preparada; otro dedicado a la elaboración de cestas de Navidad, regalo promocional y packaging personalizado; servicios de empleo e inclusión; soluciones verdes; un área de manipulados industriales; un servicio de gestión documental y digitalización; una comercializadora de energía; y dos grandes naves de logística donde se gestiona de forma integral la cadena de suministro de más de un centenar de empresas. Nuria Prieto subraya que, en todas estas actividades, deben «competir en igualdad de condiciones» con el resto del mercado. Las empresas que contratan sus servicios comprueban así que, además de recibir un servicio profesional y de calidad, contribuyen a construir una sociedad más justa. «Es una inclusión real, que es la que se necesita», afirma.
David trabaja en la Fundación desde hace más de siete años, y se siente agradecido de recibir apoyo «tanto en lo laboral como en lo personal». Asegura que quienes trabajan aquí son «personas con muchas capacidades y habilidades» que se sienten respaldadas, y destaca que los valores humanos con los que se encuentra en su entorno de trabajo «en pocas empresas se pueden encontrar». Miguel, por su parte, se dedica al área de limpieza, y dice que en la sede de Vicálvaro le han ayudado a desarrollar sus capacidades «en el ámbito del hogar, de la economía, en lo laboral y hasta en el ocio». Lo que más le gusta es «el espíritu familiar que se desprende de todas las personas que están en la Fundación» y que les ayudan «a saber en qué podemos trabajar y cuáles son los talentos que tenemos y que pueden florecer». El número de entidades que contratan los servicios que ofrece la Fundación Juan XXIII no deja de crecer, y tal y como explica Nuria, ««nuestro objetivo es que cada proyecto genere oportunidades reales de inclusión».
Alejandro Asúnsolo, Director de Desarrollo Estratégico, Marketing Corporativo y Transformación Digital de la Fundación Juan XXIII, asegura que, a punto de cumplir seis décadas, «estamos al día, no envejecemos». Con orgullo, destaca que la organización ha sabido crecer sin perder de vista su misión y sus objetivos fundacionales, una coherencia que explica la alta solicitud de plazas. «Tenemos muy presente para quién trabajamos y vemos, día a día, el resultado de lo que hacemos. Eso es algo muy bonito. Nuestro propósito y misión se tocan de verdad», asegura Asúnsolo, antes de lamentar el no poder llegar a todas las personas que precisan de este tipo de servicios, que en España son muchas.
De cara al 60 aniversario, la Fundación ultima un gran programa de actividades y celebraciones que, siguiendo su filosofía, estarán concebidas por y para quienes dan sentido al proyecto: usuarios y sus familias, profesionales, empresas colaboradoras e instituciones. Una conmemoración colectiva para celebrar no solo el pasado, sino también el presente y el futuro de esta gran familia que no tiene intenciones de dejar de crecer y de luchar para que el término «inclusión» no sea una utopía.
Lo que comenzó en 1966 como un acto de valentía y compromiso personal se ha convertido en una realidad tangible para miles de personas. Ese es, precisamente, el camino.
