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Anhedonia democrática, por René Gastelumendi

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La reciente censura de José Jerí, su también impresentable sucesor y el espectáculo de acusaciones mutuas en el Congreso son el último capítulo de una demolición programada que ahora tiene como telón de fondo el inicio de los estragos del Niño Costero y nuestra eterna falta de prevención. Mientras los políticos se enredan en el “yo no fui” y en las echadas de culpa simuladas, el ciudadano observa con un hastío que hace tiempo ya ni siquiera alcanza para la indignación. Para entender al elector peruano que hoy se enfrenta a un desierto de treinta y pico alternativas en la cédula sábana que, en lugar de abrigar, asfixia, hay que alejarse de las leyes y entrar en el terreno de una profunda herida emocional: la cicatriz que deja un “padre” que no solo falla, sino que termina vacado y humillado o entre rejas. En el Perú, me temo que ya hemos desarrollado por la fuerza una patología colectiva, un rasgo identitario que hoy podría definirse como anhedonia democrática: la incapacidad de sentir placer, esperanza o entusiasmo por el destino común tras décadas de traiciones sistemáticas.

PUEDES VER: La estabilidad macroeconómica peruana puede terminar pronto

Como señala Mark Fisher, uno de los críticos culturales y filósofos británicos más influyentes de este siglo, la anhedonia no es solo tristeza; es la parálisis de la imaginación. Es aquello que nos impide concebir un futuro distinto, salvo la sobrevivencia. En el Perú, esto se manifiesta como una condición que bloquea la construcción de proyectos políticos a mediano y largo plazo. Nos hemos vuelto expertos en la existencia inmediata y nos limitamos a calcular si el gobierno llegará al próximo mes. Nuestra temporalidad se ha encogido: ya no diseñamos una nación, solo administramos el colapso o la posibilidad de no colapsar.

Nuestra historia reciente es la crónica de un parricidio simbólico repetido en bucle. Desde 2016 hasta febrero de 2026, el país ha visto desfilar a nueve presidentes. Esta rotación frenética ha comunicado al ciudadano algo estructuralmente grave: que la figura de autoridad es un objeto desechable. Lo que ha reforzado aún más esta anestesia es el destino final de la banda presidencial: ver a casi todos los exmandatarios vivos desfilando por el penal de Barbadillo también ha generado, sin duda, una castración simbólica de la autoridad. Es la banda delincuencial de quienes se pusieron la banda. Dado que nuestro sistema no favorece a un líder que gobierne, en el fondo buscamos a uno que pague. Los peruanos y peruanas asistiremos en abril a las urnas perturbados por una pregunta que retumba como un eco amargo y seco, como la pérdida: ¿para qué votamos si el próximo presidente puede ser vacado y el que acaba de salir podría ir preso?

Paradójicamente, este desinterés se alimenta de nuestro “éxito” más extraño: la estabilidad macroeconómica. Durante años nos vendieron la ficción de las “cuerdas separadas”. Para no frustrarse, el homo peruanus se ha refugiado en el emprendimiento individual y en el consumo intrafamiliar. Ahora, con la extorsión soplando en la nuca, esa resiliencia está en juego, pero insiste. Nos decimos que “nos las arreglamos solos”, pero esa es la trampa final de la anhedonia: la economía parece caminar por inercia mientras la democracia se vacía por dentro. Creemos ser prósperos porque el PBI resiste, pero es una prosperidad de cartón: vivimos en una nación de individuos que ajustan cuentas en la informalidad y hasta en el delito, que mueren en las salas de espera de hospitales colapsados y cuyos hijos se educan en un sistema con desastre pedagógico y de infraestructura, mientras tantos fallecen atropellados o por las balas del crimen. Para redondear la idea, piénsese en un terremoto en Lima o en lo que se viene con el Niño Costero como eventos que nos estrellan contra nuestra falta de colectividad.

Esa autosuficiencia precaria tiene un costo devastador en la calidad de vida comunal y deriva en una anomia salvaje, casi de cazadores recolectores. Al abandonar el espacio público, este ha sido reclamado por el caos y las economías ilegales. Al abandonar las instituciones, estas han sido capturadas por las cuotas. La delincuencia impune, el desborde del comercio ambulatorio, la minería ilegal y la demora y carnicería cotidiana de los accidentes viales son el reflejo somático de nuestra orfandad política. Cuando el ciudadano ve que en lo alto la banda es descartable y la moral es cuestión de aritmética —decidida por 87 votos—, entiende que la ley es una sugerencia. Si el “padre” está preso o es declarado “incapaz moral” cada año, el hijo se siente con derecho a invadir la vereda, manejar en contra o depredar todo lo que pueda antes de que lo haga otro.

Muchos dicen que seguimos votando por “emoción”. Sin embargo, esa emoción es una reacción. La anhedonia nos ha dejado tan anestesiados que solo el miedo o el resentimiento logran perforar la costra. El Perú es hoy una nación en el diván que ha renunciado a imaginar un mañana y que no acepta que necesita tratamiento. Mientras el Palacio de Gobierno siga siendo antesala de la cárcel y el individualismo sea el único refugio frente a un Estado institucionalmente quebrado, seguiremos siendo el país de la anhedonia.

¿Hacia dónde vamos, entonces? Si no logramos romper este ciclo, el destino no es el abismo, sino la irrelevancia definitiva. Vamos hacia un país que crece en sus cuentas bancarias, pero cuyo dinero no soluciona nada mientras se desintegra en sus calles; una nación de sobrevivientes expertos que han olvidado cómo suena la música de una verdadera comunidad más allá del fútbol fácil y la comida. Llamar a esto anarcocapitalismo es un disfraz de escritorio.















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