Algunas de las preclaras mentes que nos dirigen, en su impagable desvelo por proteger la salud mental de nuestros jóvenes, han pregonado recientemente dos iniciativas que, si bien se mira, resultan contradictorias: limitar a los menores el uso de las redes sociales y prohibir por ley su asistencia a festejos taurinos y cacerías . Que hay que tomar medidas es evidente, pues quizá nunca antes ha existido una violencia tan desconcertante y gratuita como la que en estos tiempos salta con muy preocupante frecuencia a los titulares. Voces autorizadas han achacado este incontrovertible hecho a la subversión de valores y a la pérdida de referencias que el abuso de videojuegos es capaz de producir en mentes inmaduras. El actual alejamiento del ser humano más permeable a mixtificaciones y manipulaciones —el niño y adolescente— de su realidad vital y la sustitución de esta por el artificial metaverso, ha venido a consolidar el irresponsable camino de negación de las que, se quiera o no, son las inmutables reglas que rigen la existencia humana iniciado décadas atrás. Los avatares virtuales suplantan y ocultan hoy a los verdaderos avatares de la vida, el más rotundo de los cuales es su inexorable final. Intuyo que, aunque puedan parecer bárbaras a la artificial, blandengue y sobreprotectora sociedad de nuestros días, que quiere creer que la muerte no existe, el Rey León es amigo de Pumba y las pechugas de pollo brotan por ensalmo envueltas en celofán en los lineales de los supermercados, pocas vivencias pueden, por naturales, resultar más formativas para la madurez de un niño que presenciar cómo en el corral se corta el cogote y desangra al gallo para la cena de Nochebuena o acompañar al abuelo a cazar conejos con el hurón. Ese mismo abuelo que un día, al recibir el último beso en su fría frente, le situará ya de manera irreversible ante la magníficamente trágica verdad del ser.