La memoria de los muertos
Hace 50 años, el 3 de marzo de 1976, con Franco muerto, y Juan Carlos I como jefe de Estado, la Policía Armada entró a sangre y fuego en la iglesia de San Francisco de Asís en Vitoria. Mató a los considerados rojos, en un espacio religioso. El poder era eso, demostrar al enemigo quién tenía razón, y hacerlo a tiros, aunque fuera en una iglesia o, quizá por eso
Seguidores del agitador Vito Zoppellari Quiles, pintaron la frase “Viva Franco. Muerte a los rojos”, con motivo de un acto en la Universidad Complutense de Madrid, el pasado mes de noviembre. El propio Quiles fue invitado al acto de fin de campaña del PP en Aragón el pasado 6 de febrero en apoyo del presidente Jorge Azcón.
Hace 50 años, el 3 de marzo de 1976, con Franco muerto, y Juan Carlos I como jefe de Estado, la Policía Armada entró a sangre y fuego en la iglesia de San Francisco de Asís en Vitoria. Mató a los considerados rojos, en un espacio religioso. El poder era eso, demostrar al enemigo quién tenía razón, y hacerlo a tiros, aunque fuera en una iglesia o, quizá por eso.
Las palabras de un mando policial en conversación cruzada por radiotransmisores, no dejan lugar a dudas sobre los hechos: “Aquí ha habido una masacre. Cambio. De acuerdo, de acuerdo. Pero de verdad una masacre”.
Una masacre. Efectivamente. Cinco muertos y decenas de heridos. La Policía Armada entró allí para desalojar una asamblea de trabajadores al estilo de la dictadura franquista, solo que con el dictador ya enterrado.
Y en aquel suceso, de hace 50 años, aparecen como responsables políticos tres personajes provenientes del puro y duro franquismo, pero luego convenientemente integrados en la transición política y en la vida democrática posterior: Manuel Fraga Iribarne, Rodolfo Martín Villa y Alfonso Osorio.
Produce temor y temblor, recordar hechos provocados por las fuerzas policiales del Estado contra trabajadores indefensos. Y produce temor y temblor que haya hoy quien parece sentir nostalgia de aquella época, no tan lejana, en la que la ley, la justicia, las fuerzas policiales, se regían por normas dictatoriales dirigidas contra un pueblo que luchaba por sus derechos y por su dignidad.
En ese momento, se había iniciado el cambio de régimen, pero las estructuras del Estado seguían siendo las mismas, con un rey, elegido a dedo por el dictador, como nuevo máximo representante del poder.
En el libro Franco-ETA, la extraña pareja, que trata de recordar a los más jóvenes lo que fueron aquellos tiempos de dictadura y transición conmovidos por el terrorismo, explico que “la sangrienta huella de la dinámica del terror instaurada por Franco, llega hasta después de su fallecimiento, cuando el régimen heredado de Franco funcionaba al ralentí. Como no hubo ruptura, sino transición, permitió que personajes clave de la dictadura prepararan el paso a la democracia en las condiciones adecuadas, es decir con las huellas del terror hechas desaparecer”.
En aquel marzo de 1976, fallecido Franco y con el gobierno en manos del mismo presidente, Carlos Arias Navarro, se produjo ese suceso impresionante en Vitoria que dejaba claro el modo de actuar de la dictadura, incluso muerto el dictador.
Cinco trabajadores resultaron muertos, y 150 heridos. La acción tuvo tal repercusión popular que, como respuesta, se produjeron manifestaciones de protesta en varias ciudades y, a consecuencia de la actuación policial, murió otra persona en Tarragona y una más en Basauri.
Al escuchar la conversación mediante radiotransmisores de los mandos policiales en aquella fatídica jornada, queda claro lo que ocurrió: una masacre. Una masacre derivada de los usos y costumbres de la dictadura que estaban enquistados en el funcionariado franquista, fuera este policial o civil.
“Intento comunicar, pero nadie contesta. Deben estar en la iglesia peleándose como leones. ¡J-3 para J-1! ¡J-3 para J-1! Manden fuerza para aquí. Ya hemos disparado más de dos mil tiros. ¿Cómo está por ahí el asunto? Te puedes figurar, después de tirar más de mil tiros y romper la iglesia de San Francisco. Te puedes imaginar cómo está la calle y cómo está todo. ¡Muchas gracias, eh! ¡Buen servicio! Dile a Salinas, que hemos contribuido a la paliza más grande de la historia. Aquí ha habido una masacre. Cambio. De acuerdo, de acuerdo. Pero de verdad una masacre”.
Para que nos hagamos una idea de la magnitud de aquel suceso, que señala claramente qué idea de la democracia tenía el gobierno de Carlos Arias Navarro, al año siguiente del de la muerte de Franco, con Juan Carlos I ya como jefe del Estado, conviene leer esta información extraída del informe presentado, años después de los hechos, al Parlamento Vasco:
“El auditor militar consideró en su momento que los hechos producidos por la Policía Armada el día 3 de marzo eran constitutivos de un delito de homicidio, conforme al artículo 407 del Código Penal entonces vigente. La circunstancia de no poder determinarse quiénes fueron los autores concretos de los disparos que ocasionaron las muertes de los cinco obreros dio lugar al sobreseimiento del sumario. En todo caso, la orden de desalojo que se invocó procedería del entonces gobernador civil, Rafael Landín Vicuña, y su ejecución corrió a cargo de Jesús Quintana Saracibar, mando operativo de la dotación policial presente. Se desconoce si el gobernador civil respondió a la autoridad de una instancia superior a él mismo y cuáles eran los términos precisos y operativos de aquella orden. En ese momento eran ministros actuantes en este conflicto el de Interior, Manuel Fraga Iribarne, el de Relaciones Sindicales, Rodolfo Martín Villa, y el de Presidencia, Alfonso Osorio García, sin que sus responsabilidades concretas en aquellos hechos hayan podido ser clarificadas con mayor detalle al no haber tenido a bien comparecer ante esta comisión especial ninguno de ellos”.
Los tres políticos del gobierno de Arias Navarro citados, Manuel Fraga Iribarne, Rodolfo Martín Villa y Alfonso Osorio, participaron políticamente en democracia integrados en el Partido Popular.
Franco había muerto cuatro meses antes, se iniciaba una transición titubeante, pero los viejos hábitos seguían marcando la línea política. En esa ocasión el máximo responsable policial era el ministro de Interior, Manuel Fraga Iribarne, que en octubre de ese mismo año fundaría Alianza Popular, posteriormente convertida en el Partido Popular, y el ministro de Relaciones Sindicales, era Rodolfo Martín Villa, más tarde integrado en Unión de Centro Democrático y luego en el Partido Popular, hasta que dejó la política para convertirse en presidente de Endesa.
Esa fue la realidad hace 50 años.
Hoy se dicen cosas como esta: “Gracias a las redes sociales muchos jóvenes están descubriendo que la etapa posterior a la Guerra Civil no fue una etapa oscura, como nos vende este Gobierno”, lo dijo un diputado de Vox en sede parlamentaria.
Sería bueno que en redes sociales, en medios digitales, de viva voz o mediante una educación ecuánime, los jóvenes conocieran los hechos, y no la interpretación dirigida por expertos en deformar la realidad, generar fake news y tratar de engañar a una juventud que, en muchos casos, acepta beber de las fuentes de las redes sociales sin el menor sentido crítico.
