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Geopolítica global y el futuro de los hidrocarburos en Bolivia

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La energía nunca fue únicamente un recurso económico: es, ante todo, un instrumento de poder. La geopolítica energética estudia cómo la producción, el transporte y el consumo de energía influyen en las relaciones internacionales y en la distribución del poder entre Estados. Desde el siglo XX, el petróleo y el gas natural condicionaron decisiones diplomáticas, alianzas estratégicas e incluso conflictos bélicos.

Un punto de quiebre ocurrió en 1973, cuando la Organización de Países Exportadores de Petróleo (OPEP) impuso un embargo petrolero contra Estados Unidos y otros aliados occidentales que apoyaron a Israel durante la guerra de Yom Kippur contra los países árabes de Egipto y Siria. El precio del crudo se triplicó en pocos meses, generando escasez de combustible, inflación elevada y estancamiento económico en las principales economías industriales. Según datos históricos del Banco Mundial y de la propia OPEP, el petróleo representaba entonces cerca de la mitad del consumo energético mundial. El mensaje fue contundente: el control de la energía podía convertirse en un arma política.

A partir de ese episodio, las potencias comenzaron a priorizar la seguridad energética, diversificando proveedores y promoviendo eficiencia. Décadas después, la geopolítica energética mantiene tres pilares centrales. El primero es la seguridad energética: garantizar abastecimiento estable y reducir vulnerabilidades ante conflictos. La guerra entre Rusia y Ucrania evidenció la fragilidad de Europa frente a la dependencia del gas ruso, obligando a una rápida reconfiguración de su matriz de suministro.

El segundo pilar es la transición energética. La descarbonización está desplazando progresivamente el eje de poder desde los exportadores de petróleo hacia los países que dominan tecnología y minerales críticos. La Agencia Internacional de Energía (IEA) estima que la demanda de minerales como litio, cobalto y tierras raras podría cuadruplicarse hacia 2040 en escenarios compatibles con metas climáticas. Sin embargo, esta transición no elimina la geopolítica; la redefine. Actualmente, China controla más del 70% del refinado mundial de minerales críticos y lidera la manufactura de paneles solares, baterías y aerogeneradores (IEA, 2023), lo que le otorga una ventaja estratégica frente a Estados Unidos en la competencia tecnológica y comercial.

El tercer pilar es la infraestructura estratégica. Oleoductos, gasoductos y rutas marítimas se convierten en puntos de alta sensibilidad política. El Estrecho de Ormuz, por ejemplo, canaliza alrededor del 20% del comercio mundial de petróleo, según la U.S. Energy Information Administration (EIA). Cualquier amenaza sobre este corredor impacta de inmediato en los precios internacionales del crudo. Las tensiones en Medio Oriente, particularmente entre Israel e Irán, elevan la volatilidad del mercado energético global ante el riesgo de interrupciones en esta ruta clave.

En este contexto, el gas natural mantiene un rol estratégico como combustible de transición. Produce entre 50% y 60% menos emisiones de CO₂ que el carbón en generación eléctrica, según la IEA, y facilita la integración de energías renovables intermitentes. Por ello, pese al avance de las energías limpias, el gas sigue siendo un componente central en la arquitectura energética mundial.

En América del Sur, la transición energética presenta desafíos adicionales. La región no solo busca reducir emisiones, sino también sostener crecimiento económico y mejorar la calidad de vida. Posee ventajas comparativas en gas natural, hidroelectricidad y minerales críticos; sin embargo, limitaciones de inversión, tensiones políticas y falta de integración regional dificultan una transformación más profunda.

Bolivia se inserta en esta dinámica en un momento decisivo. Durante más de una década fue el eje gasífero del Cono Sur, con exportaciones principalmente hacia Brasil y Argentina. El gas natural constituyó una fuente clave de ingresos fiscales. No obstante, la producción ha mostrado una declinación significativa debido al agotamiento de campos maduros y a la insuficiente inversión en exploración. Actualmente, el principal mercado de exportación es Brasil, mientras que Argentina ya no importa el gas boliviano tras el desarrollo del megacampo Vaca Muerta, uno de los mayores reservorios de shale gas del mundo.

Este cambio ha reconfigurado la posición estratégica de Bolivia en el mercado regional, que posee una de las mayores reservas de litio del planeta en el salar de Uyuni, en Potosí. Este recurso lo posiciona nuevamente en el tablero energético global, en medio de la competencia entre China y Estados Unidos por asegurar cadenas de suministro de minerales críticos. El litio es esencial para baterías de vehículos eléctricos y sistemas de almacenamiento energético, pilares de la transición global.

Sin embargo, la oportunidad no está garantizada. Requiere inversión, transferencia tecnológica y una estrategia clara de industrialización. Paralelamente, la volatilidad internacional impacta directamente en la economía boliviana. Cuando el precio del petróleo aumenta por tensiones geopolíticas, suben los costos de importación de combustibles refinados, presionando el gasto público y el sistema de subsidios.

Bolivia atraviesa, por tanto, una transición compleja: de exportador estratégico de gas a potencial actor clave en minerales críticos, en un escenario internacional marcado por rivalidades comerciales, conflictos bélicos y reconfiguración tecnológica. La energía sigue siendo poder. La diferencia radica en quién controla los recursos, quién domina la tecnología y quién logra anticiparse a los cambios del orden energético mundial.

 

(*) Alejandra Alarcón Suárez es ingeniera petrolera

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