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Irresponsabilidad, la política que llevó al nazismo

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«En la naturaleza de los hombres está el amar la vida. Alema-nia no practica este culto. En el alma alemana, en el arte, la filosofía y la literatura de este pueblo no se comprende lo que es verdaderamente la vida, lo que constituye su magia y su grandeza. Y hay en él una atracción morbosa y satánica por la muerte. Este pueblo ama la muerte». Dicha frase del político y periodista francés Georges Clemenceau, que recogió Erika Mann e inspiró hace unos meses el título de un libro publicado por El Desvelo Ediciones, «El amor por la muerte en la cultura germana. De Goethe a Günter Grass y del antisemitismo al Muro de Berlín», nos lleva en efecto a una Alemania que amó la muerte, adoró la catástrofe en los años treinta y, según la propia hija de Thomas Mann, llevó al país a abrazar el nazismo.

Erika se convertiría en una gran luchadora contra la barbarie y en una oradora que hablaba en nombre de la democracia tras la victoria de Hitler. Pasó diez años en el exilio desde 1933: «El periodo crítico de la historia moderna», según sus propias palabras. Y justo abarcó esas fechas un libro que vio la luz en 1956, «Creían que eran libres. Los alemanes, 1933-1945» (Gatopardo). Su autor era el estadounidense Milton Mayer, de familia judía, que, tras la Segunda Guerra Mundial, decidió viajar a Alemania para estudiar «in situ» las causas del advenimiento y triunfo del nazismo, para acabar entendiéndolo como «un movimiento de masas y no la tiranía de unos cuantos seres diabólicos sobre millones de personas indefensas». Incluso se hizo amigo de una serie de nazis para ahondar en su investigación: un sastre, un aprendiz de sastre sin empleo, un ebanista, un vendedor en paro, un estudiante de secundaria, un panadero, un cobrador, un empleado de banca en paro, un profesor y un policía.

Mediante el estudio de estos nazis, Mayer vio que parte de la población estaba agradecida a estos por haber salvado a Alemania del colapso económico. De este modo, fue contactando con más hombres afines a Hitler hasta que vio claramente que había un número suficientes de sujetos para merecer un examen amplio. Este asunto tuvo poco después una suerte de continuidad editorial por medio de «Hitler y los alemanes» (Trotta), de Eric Voegelin, que explicó, ciertamente, que el régimen nazi no habría triunfado sin la colaboración de muchos ciudadanos alemanes. Voegelin criticó sin ambages el racismo de los nacionalsocialistas en los años 30 y emigró a EE UU en 1938, construyendo ensayos que denunciaban el modo en que sus antaño conciudadanos mantuvieron una complicidad con Hitler que no debía ser olvidada. Estamos, pues ante «Irresponsables» (traducción de Elena M. Cano e Íñigo Sánchez-Paños), por decirlo con el título de una novedad que estudia «¿quién llevó a Hitler al poder?», y que firma Johann Chapoutot, profesor de Historia Contemporánea en la Universidad de París-Sorbona.

Este parte de una afirmación central: «El ascenso de Hitler al poder fue el resultado de las acciones conscientes de unas élites políticas, económicas y militares». Frente a cualquier explicación fatalista, el autor insiste en que «no hubo fatalidad histórica ni procesos imparables: fueron decisiones concretas, tomadas por personas concretas, las que franquearon el camino al desastre». Claro está, la barbarie no estuvo orquestada desde ningún plan bárbaro, sino desde el más concienzudo racionalismo de los nacionalsocialistas. Nada en la política se improvisa, podríamos decir, y la «irresponsabilidad», en apariencia extravagante, de los mandatarios que hoy rigen el mundo es cálculo y estrategia. El libro se abre con una escena en que aparece el antiguo canciller Franz von Papen, que «se presenta en Berlín con un grupo de jóvenes militantes de izquierda ante la sede del partido de la Unión Demócrata Cristiana de Alemania (CDU) para hablar con los conservadores y dar la voz de alarma». La advertencia se dirige a un momento en que «la tentación de aliarse con la extrema derecha es fuerte». El propio Papen, recuerda el texto, «en enero de 1933 convenció al presidente del Reich, Paul von Hindenburg, para que llamara a Hitler al poder», y fue precisamente él quien «había trabajado y maniobrado para constituir un Gobierno de coalición entre la derecha y la extrema derecha». Así, la maniobra política parecía calculada, y al final el gobierno se formó el 30 de enero de 1933. Papen era vicecanciller, mientras que Hitler ocupaba la cancillería, si bien se le considera «un aficionado flanqueado por una cohorte de farsantes, alborotadores e incompetentes». Papen estaba convencido de que sería capaz de dominarlo. Llegó a afirmar: «Lo voy a acorralar en un rincón hasta que se ponga a lloriquear». El texto recuerda también que, en aquellos años, no existía un tabú político contra la cooperación entre la derecha y la extrema derecha. Las SS existían desde 1925, pero eran consideradas una milicia política como cualquier otra. El canciller Heinrich Brüning dijo que las SA y las SS eran un peligro público, pero Papen sostenía que no había diferencia entre ellas y las organizaciones socialdemócratas. Sin embargo, la aparente debilidad del nazismo en el gobierno ocultaba un elemento decisivo. El partido de Hitler insistía en controlar el Ministerio del Interior, lo que significaba el control de todo el aparato de inteligencia y represión, y también, el de la educación desde la infancia.

En la República de Weimar

Chapoutot trata de ligar el presente alemán con el pasado, lo cual lleva a reflexionar sobre la República de Weimar, «una historia tan viva que resucita a los muertos», escribe, y añade que «si la Gran Guerra dejó claro que las civilizaciones son mortales, el final de la República de Weimar demostró que la democracia también es perecedera». El nombre de Weimar designa, primero, la ciudad asociada a la tradición cultural alemana: el lugar donde vivieron Bach, Goethe, Schiller, Liszt, Wagner, Nietzsche, pero la misma ciudad otorgó mayorías a los nazis ya en los años 20. Hitler organizó allí los primeros congresos del partido y en 1938 las SS inauguraron el campo de concentración de Buchenwald. Como apunta el autor, «el final de la República de Weimar fue un acontecimiento-monstruo y, al mismo tiempo, un acontecimiento-mundo», ya que, durante décadas, el colapso de aquella democracia ha sido interpretado como el punto que reorganiza la lectura de toda la historia alemana.

Chapoutot recuerda asimismo que para quienes vivieron el nacimiento de la república la perspectiva era distinta, dado que todo parecía indicar que antes de 1920 la Constitución podía definir una situación «liberal, democrática y parlamentaria, además de social». Los contemporáneos no conocían el desenlace posterior. Así, la historia de Weimar aparece al tiempo como una experiencia democrática llena de promesas y como el escenario de su destrucción, de la suprema irresponsabilidad. De esta manera, el libro explica que la llegada de Hitler al poder no fue un destino inevitable, sino el resultado de decisiones deliberadas de dirigentes políticos, militares y económicos que pensaron que podrían servirse del nazismo para proteger sus intereses. Conservadores como el citado Von Papen, y otros como Hindenburg o Hugenberg, junto a grandes industriales como Krupp y Thyssen, impulsaron una alianza con la extrema derecha que acabó escapando a su control.

Chapoutot reconstruye esas maniobras y errores que transformaron la democracia de Weimar en un régimen totalitario y advierte que dinámicas parecidas siguen amenazando a las democracias actuales.

Desnazificar el país mediante el arte

La quinta parte de los edificios de Alemania al acabar la guerra estaban derrumbados, como dice Lara Feigel en «El amargo sabor de la victoria». Un caos absoluto del que fueron testigos Hemingway y Martha Gellhorn, la fotógrafa Lee Miller o George Orwell, todos «patrocinados por gobiernos que habían previsto que los periodistas formasen parte del esfuerzo de guerra; querían que informaran sobre el poder de sus fuerzas y la brutalidad del enemigo». A estas figuras se les sumarían actores y cantantes, como Marlene Dietrich, con el objetivo de servir de entretenimiento para las tropas; pero también directores de cine, como Billy Wilder. La idea era que los ocupantes ayudarían no sólo a reconstruir Alemania, también culturalmente. Entre ellos destacó W. H. Auden, «enviado por el gobierno norteamericano para que informase sobre la reacción de los ciudadanos a los daños ocasionados por las bombas».

La Alemania posthitleriana

En otro libro publicado por Alianza, «Tiempo de lobos. Alemania y los alemanes 1945-1955», Harald Jähner habló de un país en el cual, una vez acabó la guerra, el clima de desconcierto era extremo y donde «no funcionaba nada, ni el correo, ni el tren, ni el transporte», y donde aún había hambre y cadáveres bajo los escombros. El punto era, ciertamente, el hecho de que, «en ausencia de un orden estatal, la población dispersa hubo de definir de nuevo la moral y la cohesión social. (…) Apenas cabía llamar sociedad a los cerca de 75 millones de personas que se reunían en el verano de 1945 en el territorio que le quedó a Alemania. Se hablaba de un “tiempo de nadie”, del “tiempo de lobos” en que el hombre se volvió “un lobo para el hombre”». En aquella posguerra alemana, más de la mitad de las personas no estaban donde debían o querían.















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