La crisis silenciosa de los hombres: ¿por qué se van juntos de retiro?
En silencio, lejos del foco mediático y al margen de los debates más polarizados, centenares de hombres están pagando por retirarse unos días a convivir únicamente con otros hombres. No van a entrenar, ni a competir, ni a aprender técnicas de liderazgo empresarial. Van a llorar, a hablar de sus padres, de sus miedos, de sus parejas, de su soledad. Van, según quienes los organizan, a «revisar su masculinidad» en una época marcada por el avance del feminismo y la crisis de los modelos tradicionales de ser hombre.
El fenómeno crece en todos los puntos del globo y España no es una excepción. Talleres, grupos terapéuticos y retiros masculinos se multiplican en centros rurales, casas de espiritualidad o espacios de desarrollo personal. Algunos se inspiran en corrientes psicológicas humanistas; otros, en tradiciones rituales o enfoques de crecimiento personal. Todos comparten una premisa: los hombres necesitan espacios propios para hablar de sí mismos sin el mandato cultural de fortaleza emocional.
Uno de esos proyectos es Ser Hombres, coordinado por tres psicoterapeutas humanistas: Alejandro Rodríguez, Samuel y José Antonio Ruiz. Su propuesta culmina en un retiro de fin de semana tras varios meses de talleres previos.
«Este proyecto nace de una crisis existencial del hombre contemporáneo», explica Rodríguez a este diario. Durante años trabajó en grupos terapéuticos mayoritariamente femeninos y detectó un vacío: los hombres no acudían o abandonaban antes los procesos emocionales profundos. «Sentía que eran absolutamente necesarios espacios solo para hombres», afirma.
Los organizadores coinciden en un diagnóstico que también aparece en investigaciones sociológicas recientes: los hombres tienen menos redes de apoyo emocional que las mujeres. Hablan menos de su vulnerabilidad y suelen construir vínculos basados en actividades, no en intimidad.
«Las mujeres suelen contarse lo que les pasa, apoyarse emocionalmente. Los hombres hablamos de fútbol, política o alcohol, evitando lo importante», sostiene Rodríguez. En consulta, dice, veía cómo muchas mujeres evolucionaban emocionalmente dentro de la pareja mientras sus compañeros quedaban atrapados en patrones rígidos.
Esa falta de alfabetización emocional –aprender a reconocer y expresar sentimientos– es uno de los ejes de estos retiros. Los participantes llegan, según los terapeutas, con una sensación difusa de malestar: ansiedad, crisis de pareja, sensación de fracaso o simplemente desconexión vital.
«La frase que más escuchamos es: ‘‘Necesito conocerme mejor y salir de esta crisis’’», explica.
El «hombre ideal»
A diferencia de otros movimientos masculinos más ideológicos o reactivos, los organizadores insisten en que no promueven un modelo de «hombre ideal».
«No trabajamos una identidad concreta de cómo debe ser un hombre. No creo en fórmulas cerradas de masculinidad», señala Rodríguez, que añade que «buscamos que, a través del autoconocimiento, cada uno esté mejor consigo mismo».
El programa, en este caso, aunque es un común denominador en este tipo de retiros, incluye dinámicas vivenciales más que teoría: ejercicios de comunicación, trabajo corporal, respiración, contacto físico consentido, revisión de la infancia, la relación con los padres o con la pareja. También se abordan temas poco habituales en espacios masculinos tradicionales, como la intimidad entre hombres o la vulnerabilidad emocional.
Entre los participantes predominan hombres de entre 40 y 70 años, aunque también acuden jóvenes de veinte, cuentan sus organizadores. La mayoría son heterosexuales y muchos llegan animados por sus propias parejas. «Las mujeres necesitan hombres que estén a su altura emocional», resume Rodríguez.
Uno de los conceptos que atraviesa estos encuentros es la crítica a la socialización masculina tradicional: la idea de que un hombre debe ser fuerte, resolutivo y autosuficiente. «Se nos ha educado para resolver, no para sentir», afirma el psicoterapeuta. «Los hombres no lloran, no tienen miedo, tienen que ser valientes. Pero el miedo es sano; si no lo tienes, te vuelves temerario».
Ese mandato, dicen, tiene consecuencias en la salud mental. Los hombres presentan tasas más altas de suicidio, consumo de sustancias o aislamiento social en edades avanzadas. Sin embargo, siguen acudiendo menos a terapia que las mujeres.
En los grupos aparecen historias muy diversas: adicciones, rupturas, soledad crónica, dificultades para comprometerse afectivamente o duelos no elaborados. También surgen temas tabú, como los abusos sexuales sufridos por hombres. «Es un tabú enorme», asegura Rodríguez. «Se piensa que la mujer es la única víctima, pero también vemos hombres abusados o relaciones abusivas hacia ellos».
Otra idea recurrente es que la masculinidad tradicional no solo ha perjudicado a las mujeres, sino también a los propios hombres. «Se habla mucho con razón del daño que los hombres han causado a las mujeres, pero muy poco del daño que los hombres reciben de otros hombres o de las expectativas sociales sobre cómo deben ser», afirma.
La competitividad constante es uno de los aspectos que más se cuestiona. «A los hombres se nos ha enseñado a competir entre nosotros. Incluso en el trabajo se ve: se colocan lejos unos de otros, evitando el contacto». Y es que el contacto físico entre hombres sigue estando cargado de estigma. «Aún se asocia a la homosexualidad», dice. Por ello, en los retiros se practican ejercicios de cercanía corporal supervisada que, según los organizadores, ayudan a romper esa barrera.
El auge de estos espacios no puede entenderse sin el contexto social actual. La expansión del feminismo ha cuestionado los privilegios y roles tradicionales masculinos, generando cambios profundos en las relaciones de pareja, el trabajo o la paternidad.
Rodríguez identifica dos fuerzas simultáneas: «El feminismo y la reacción al feminismo». A su juicio, la polarización deja a muchos hombres desorientados. «Hay algunos que se sienten atacados por el simple hecho de ser hombres porque no entienden el feminismo y sienten que su mundo peligra. No son la mayoría, pero existen», dice.
Los organizadores afirman que su objetivo no es posicionarse en esa batalla cultural, sino trabajar la experiencia individual. «Intentamos salir de la polarización y centrarnos en la vivencia emocional del hombre». Muchos participantes llegan sin figuras masculinas de referencia positivas. Padres ausentes, emocionalmente distantes o modelos basados únicamente en el proveedor económico.
Padre simbólico
«Hay hombres que buscan una figura masculina sana, casi un padre simbólico», explica Rodríguez. En ese sentido, el grupo funciona como una comunidad temporal donde se ensayan nuevas formas de relación entre hombres basadas en el apoyo y no en la jerarquía. Paradójicamente, muchos admiten que sus mejores confidentes son mujeres. «Dicen que solo con ellas pueden hablar de lo que les pasa», señala.
Otro elemento común es la dimensión simbólica. Los organizadores hablan de «ritos de paso» desaparecidos en la sociedad moderna. «Antes existían tradiciones o sacramentos que marcaban las transiciones vitales. Hoy no tenemos nada», afirma Rodríguez. La entrada en la vida adulta, la paternidad o el envejecimiento carecen de ceremonias colectivas que ayuden a procesar los cambios.
Los retiros para hombres intentan llenar ese vacío mediante dinámicas grupales intensas que funcionan como experiencias transformadoras. «El hombre actual es más libre, pero también más solo. Más rico, pero con menos tierra. Más exigido por la meritocracia», resume.
El crecimiento de estos encuentros plantea preguntas: ¿son una forma de terapia encubierta, un negocio del bienestar o un síntoma de una crisis masculina real?
Para los especialistas en género, ambas cosas pueden coexistir. Por un lado, la apertura emocional masculina es vista como un avance positivo que puede reducir la violencia y mejorar las relaciones. Por otro, existe preocupación por que algunos movimientos deriven hacia discursos antifeministas o identitarios.
En el caso de Ser Hombres, sus impulsores insisten en que quienes acuden lo hacen por responsabilidad personal. «La mayoría vienen porque tienen problemas y quieren hacerse cargo de ellos», afirma Rodríguez. Al final del retiro no hay diplomas ni soluciones mágicas. Lo que queda, según quienes participan, es la sensación de haber sido escuchados sin juicio y de haber compartido algo que rara vez se permite en la vida cotidiana. «No existe una masculinidad única. Lo importante es que cada hombre pueda conocerse: su dolor, su historia, cómo ha aprendido a sobrevivir emocionalmente», concluye Rodríguez.
En una época de cambios acelerados en los roles de género, estos encuentros revelan una realidad menos visible que las guerras culturales de las redes sociales: la de hombres que no buscan recuperar privilegios ni reivindicar identidades rígidas, sino entender quiénes son ahora.
Quizá por eso el fenómeno crece en silencio. Porque, más que una moda, parece la expresión de una pregunta colectiva todavía sin respuesta: qué significa ser hombre cuando los viejos modelos ya no sirven y los nuevos aún están en construcción.
