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Mafías: el poder en la sombra que explica el mundo

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Durante muchas décadas, la mafia, «las familias», ha sido el relato de asesinatos, códigos de silencio, infiltración política o vida de capos icónicos. Una mezcla de fascinación y violencia tamizada por el cine, la literatura o la cultura popular. Hombres con trajes oscuros, códigos de honor, familias que se sientan alrededor de un plato de boloñesa para decidir la vida o la expiración de alguien…. Pero estas páginas rompen con ese retrato arquetípico y reduccionista. Lo que propone es algo más perturbador: entender que la mafia no es una cuneta del sistema, sino una de sus enrevesadas formas.

El arranque del libro ya marca el diapasón y pone en marcha el metrónomo, porque Gingeras no comienza con cifras ni con definiciones académicas, sino con una historia familiar (¡cómo no!). Su abuelo, maestro de escuela y veterano de guerra, llevó durante años una doble vida como informante del [[LINK:TAG|||tag|||63361b2becd56e361693282a|||FBI. ]]Entre sus recuerdos aparece una escena casi banal: un mafioso borracho en el córner de una barra de bar, una llamada telefónica, una amenaza de «zapatos de cemento». No hay épica, no hay glamour. Solo la demostración de que esa existencia cohabita –¡y cómo!– con nosotros, absolutamente imbricada en la cotidianeidad de todos. Fuera de epopeyas cinematográficas o de libros superventas, la mafia existe y es una constante histórica…. Aunque ya no se estilen las cabezas de caballo como aviso para navegantes.

Uno de los grandes aciertos del texto es elongar la mirada. Gingeras no se limita a la Cosa Nostra o a los grandes nombres del crimen estadounidense. Su recorrido es global y contiene una gran ambición. Aparecen la yakuza japonesa, las tríadas chinas, los clanes rusos, los cárteles latinoamericanos…. Y, sobre todo, nos muestra los contextos que los hacen posibles: ciudades en crecimiento, economías en transformación, estados que no llegan a serlo por estar tutelados… La narración se estructura en tres grandes movimientos: el origen, la consolidación y la transformación posterior. Esa división no es solo cronológica, también es conceptual. Permite entender cómo el crimen organizado se desarrolla hilvanado con el ritmo del mundo.

Un gobernador bandido

En el origen, el autor retrocede hasta el bandidismo. Antes de las mafias existían los forajidos, los piratas, los caudillos locales o las grandes sagas. Figuras como Alí Pachá muestran hasta qué punto la violencia podía ser una escalera de ascenso personal, social y político. Un bandido podía convertirse en gobernante. La frontera entre el crimen y la autoridad era, y sigue siendo, mucho más borrosa de lo que queremos asumir. Ese pasado ayuda a comprender una idea clave del libro: las mafias no surgen de la nada. Son el resultado de condiciones puntuales. Guerras, hambrunas, migraciones, crisis económicas y políticas. Cuando un estado no logra imponer su autoridad, otros se encargarán de ocupar ese espacio. Son avispados, están organizados como en una colmena y saben cómo hacerlo imponiendo la ley del terror.

La modernidad no elimina el hecho, solo lo innova. La industrialización, la urbanización y el crecimiento de las ciudades crean nuevas ocasiones. El crimen deja de ser disperso y se constituye. Siempre se organizan. Y hay un elemento decisivo en ese proceso: el control de la debilidad humana. El juego, la prostitución, el arribismo y las drogas han existido siempre. Lo que cambia es la actitud de un estado. Cuando se intenta prohibir metodológicamente lo que sigue teniendo demanda, se abre otra puerta: un mercado negro enorme que necesita estructura, protección, distribución… y cohechos. En definitiva, precisa de las mafias.

El ejemplo de San Francisco en el siglo XIX resulta especialmente revelador. Una ciudad en plena expansión, llena de buscadores de fortuna, donde el sexo, el alcohol y el opio circulan con impunidad. Lo que emerge no es solo delincuencia, sino una economía paralela sostenida por un endiablado andamiaje. Y en esas redes participan no solo delincuentes, sino también autoridades que saben mirar hacia otro lado o se benefician de mordidas. Ahí aparece una de las ideas más incómodas del libro. El crimen organizado no prospera solo por la ilegalidad, lo hace porque existe una relación permanente con el poder. A veces de enfrentamiento, pero en muchos casos de colaboración.

El caso italiano

La segunda parte del libro se centra en la consolidación de las mafias como estructuras reconocibles. Aquí aparecen los códigos, los rituales, las jerarquías. El caso de la italiana es paradigmático. Los ritos de iniciación, con sangre y juramentos, no son simples gestos simbólicos. Funcionan como mecanismos de cohesión en estructuras donde la confianza es esencial. Esa lógica se repite en otros contextos. Las tríadas chinas se construyen sobre relatos de resistencia y fraternidad. La yakuza japonesa adopta un armazón familiar, con jefes y subordinados que se consideran padres e hijos. Son formas distintas de una misma necesidad: crear comunidades cerradas capaces de sobrevivir en entornos hostiles.

El salto definitivo llega en el siglo XX. Las mafias se globalizan. La Ley Seca en [[LINK:TAG|||tag|||6322f7841e757a32c790b56f|||Estados Unidos ]]es uno de los momentos clave. La prohibición del alcohol no reduce su consumo. Lo transforma en negocio ilegal. Figuras como Al Capone convierten ese mercado en una industria y establecen modelos de organización que se replicarán en otros ámbitos.

Uno de los episodios más significativos es la reunión de Atlantic City en 1929. Varios jefes del crimen se reúnen para pactar reglas y evitar conflictos. No se trata de una institución formal, pero sí de un intento de ordenar el negocio. Es el crimen organizado funcionando con lógica empresarial. Un buen ejemplo de ello es el narcotráfico. Primero la heroína, después la cocaína. Las mafias dejan de ser organizaciones locales para convertirse en redes transnacionales. Controlan rutas, mercados, cadenas de producción.

El libro está lleno de historias que ilustran ese proceso. La de Ignacia Jasso, en la frontera mexicana, muestra cómo el narcotráfico puede convertirse en un negocio familiar con inmensa capacidad de acomodación al medio. La de la yakuza en el puerto de Kobe revela hasta qué punto pueden integrarse en la economía legal. La de los intermediarios en Beirut demuestra que el crimen puede formar parte del funcionamiento político cotidiano.

Todas las historias apuntan en una misma dirección. La mafia no es un mundo aparte. Es una forma de organización que se íntimamente imbricada con la sociedad. El análisis alcanza su punto más ambicioso cuando se conecta el crimen organizado con la economía global. El crecimiento del comercio internacional en la segunda mitad del siglo XX abre nuevas posibilidades y, así, las mismas rutas que transportan mercancías legales sirven para mover productos ilegales; idénticos mecanismos financieros pueden utilizarse para blanquear dinero.

En ese contexto emerge la figura de [[LINK:TAG|||tag|||633617a1ecd56e3616932318|||Pablo Escobar]]. Su historia es archisabida, pero Gingeras la sitúa en un marco más ancho. No es solo un capo, es el producto de una economía globalizada que permite la expansión de mercados ilícitos a grandísima escala. Su poder no se explica solo por la violencia, sino por su solvencia para insertarse en redes económicas de alto voltaje. Es cuando el libro, entonces, plantea una cuestión de fondo. Si las mafias operan con razones empresariales, si participan en la economía global, si mantienen relaciones con el poder político, ¿hasta qué punto están realmente fuera del sistema? No hay una respuesta simple. Y ahí reside parte de la fuerza del ensayo.

En las últimas páginas, se aborda el declive de algunas mafias tradicionales y la aparición de nuevas formas de crimen organizado. Las grandes estructuras del siglo XX se debilitan por la presión judicial y política. Los procesos antimafia en Italia son un claro ejemplo de ello, que ya nos contaron [[LINK:TAG|||tag|||656714e4a2a33f6ee28697ba|||Roberto Saviano ]]o John Dickie. Pero ese debilitamiento no implica su desaparición. El crimen no desaparece, se transforma, como la energía. Se fragmenta. Se vuelve dúctil. Surgen nuevas redes en contextos de inestabilidad, como la caída de la Unión Soviética o la expansión del narcotráfico en América Latina. Son organizaciones menos visibles, más arduas de combatir, mejor adaptadas al mundo contemporáneo.

Demanda y desigualdad

La conclusión que se desprende de estas páginas es inquietante. Ningún estado ha logrado eliminar el crimen organizado. Ni siquiera los más poderosos. La razón no es solamente la debilidad institucional, sino la propia idiosincrasia y las estructuras de las sociedades modernas. Allí donde hay demanda, donde existe desigualdad, donde hay oportunidades económicas… siempre habrá un espacio para que prosperen estas funestas redes.

Gingeras escribe con claridad y sin artificios. Su estilo combina el rigor del historiador con la capacidad narrativa de quien sabe que está contando algo que nos afecta a todos. No hay concesiones al sensacionalismo, pero tampoco gelidez académica. Todo ello lo convierte en un libro incómodo que nos obliga a cuestionar ideas arraigadas en nuestro imaginario, para mirar de frente una realidad que, con frecuencia, reducimos a la ficción. Al terminarlo, nos queda una impresión a hiel en el retropaladar porque, aunque pensemos que es ajeno a nosotros, no opera en los márgenes de la historia, sino que está en su mismo epicentro.















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