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Del vals clásico a un viaje por la galaxia: quién paga y qué esconde el Baile de la Rosa

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Abc.es 
Contra todo pronóstico, porque el exceso nunca pasa de moda en Mónaco, el Baile de la Rosa sigue siendo ese espectáculo donde todo parece improvisado y, sin embargo, está milimétricamente calculado. Mucho tul, demasiadas joyas y una pregunta que siempre sobrevuela la Sala de las Estrellas: ¿quién paga realmente esta fantasía? La respuesta no es tan sencilla como podría parecer. El Baile de la Rosa no es solo una fiesta de la familia Grimaldi , aunque lo parezca. Tampoco es un evento patrocinado al uso. Es, en realidad, una maquinaria perfectamente diseñada desde sus orígenes. Porque sí, todo empezó con Grace Kelly, esa americana recién llegada al trono que entendió algo fundamental, en Mónaco, el glamour no era un capricho, sino una necesidad. Junto a Rainiero III de Mónaco y un círculo de influyentes inversores, la princesa convirtió lo que parecía un simple baile en una herramienta de promoción internacional. Había que atraer riqueza, y si era con estrellas de Hollywood y aristócratas internacionales, mejor. El resultado fue inmediato. Mónaco pasó de rozar la quiebra a convertirse en el patio de recreo de las grandes fortunas. Y el baile, que en sus primeras ediciones se financiaba directamente desde el entorno del Principado, con el respaldo de Hery Astric, director artístico de la Sociedad de Baños de Mar (SBM), el holding que heredó Rainiero, propietario del Casino de Montecarlo, hoteles de lujo, clubes y otros complejos turísticos en Mónaco, lo convirtió en un evento que prácticamente se paga solo. Además, Astric apostó por una decoración basada en las rosas, la flor favorita de la princesa Grace, y añadió una ambientación musical a cargo de 100 violines. En 1957 se decidió incorporar una prestigiosa compañía de ballet. Hoy, el grueso del presupuesto sale de tres vías muy claras. Por un lado, los Grimaldi, a través de sus instituciones. Por otro, las grandes casas de lujo, que colaboran con donaciones y piezas para la subasta benéfica. Y, sobre todo, los invitados. Porque asistir al Baile de la Rosa no es solo una cuestión de agenda social, es una inversión. Las entradas, que rondan entre los 800 y los 1.000 euros, incluyen cena de gala, a menudo diseñada por chefs con estrella Michelin, espectáculo y estancia en el legendario Hôtel de Paris Monte-Carlo. Los propios asistentes financian buena parte del evento mientras forman parte de él. No es un evento abierto al público general, se requiere una invitación o reserva previa para asistir a través de la organización. Y, aun así, las entradas vuelan año tras año. La razón es sencilla, su exclusividad lo convierte en un imán para personalidades de todo el mundo, desde aristócratas hasta estrellas del espectáculo. Nombres españoles también han encontrado su lugar en esta cita, como Isabel Pantoja, Pedro Almodóvar, Borja y Blanca Thyssen o Agatha Ruiz de la Prada. Aunque sería un error quedarse solo en lo superficial, desde 1964, el Baile de la Rosa tiene un propósito mucho más serio, recaudar fondos para la Fundación Princesa Grace, centrada en la ayuda a la infancia. Es, de hecho, su principal fuente de financiación. Detrás de todo este espectáculo, también hay una buena causa. Quizá por eso la familia Grimaldi, con Carolina de Mónaco al frente, sigue defendiendo esta tradición con tanto empeño. Y, como manda la tradición, cada edición necesita reinventarse sin perder ese aire ligeramente nostálgico que tanto gusta en el Principado. Este año, el encargado de hacerlo es Christian Louboutin, que firma la dirección artística con un Baile de la Rosa ambientado en el espacio. Una puesta en escena pensada para deslumbrar, con esa mezcla tan monegasca de fantasía, lujo y teatralidad. La cita cuenta con la presencia de Carolina y buena parte del clan familiar, convertidos una vez más en los grandes anfitriones de la noche. Porque si algo ha demostrado este baile es su capacidad para evolucionar sin traicionarse. De los valses con cien violines a las galaxias diseñadas por Louboutin, todo cabe, siempre que haya rosas. Y entonces surge la comparación inevitable: ¿por qué no existe algo parecido en otras monarquías? ¿Por qué no vemos a Felipe VI de España o a la realeza británica organizando un baile de estas características? La respuesta está en la historia. Mientras Mónaco convirtió el lujo en su principal argumento económico, otras casas reales europeas hicieron justo lo contrario. A partir del siglo XIX, la ostentación dejó de ser una herramienta útil para convertirse en un riesgo reputacional. La modernización de las monarquías pasó por la contención, no por el espectáculo. Por eso, lo más parecido que vemos hoy son banquetes de Estado o bodas reales. Actos medidos, institucionales, donde el lujo está controlado. Nada que ver con este despliegue de rosas, violines y fantasía.














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