Menos ideología, más paciente
Hay debates que envejecen mal. El de la sanidad española parece uno de ellos. Con frecuencia discutimos sobre quién presta la asistencia antes de preguntarnos cómo mejorarla. Esa cuestión se convierte en identitaria cuando debería ser, sencillamente, un planteamiento de eficacia.
Mientras tanto, la población envejece, aumentan las enfermedades crónicas, faltan profesionales en determinadas especialidades y las listas de espera continúan creciendo.
No deberíamos debatir qué modelo responde mejor a determinadas posiciones ideológicas, sino qué decisiones benefician realmente al paciente.
La reflexión, atribuida a Winston Churchill, mantiene su vigencia: «Por muy hermosa que sea la estrategia conviene mirar de vez en cuando los resultados». En sanidad, los resultados se miden en diagnósticos precoces, calidad asistencial y salud mejor atendida.
España ha construido durante décadas un sistema sanitario sólido gracias al esfuerzo conjunto de administraciones, profesionales y organizaciones. Esa pluralidad ha sido su fortaleza. Por eso sorprende que todavía se cuestione la colaboración público-privada cuando constituye una herramienta capital del propio sistema. No hablamos de sustituir la sanidad pública, sino de reforzarla. El ciudadano difícilmente entenderá nunca que existan quirófanos, profesionales y tecnología disponibles mientras esperan una intervención. La sanidad exige menos símbolos y más soluciones.
Esa visión también obliga a afrontar otros retos. El primero son los profesionales sanitarios. Ningún sistema será sostenible sin proteger el talento, planificar sus recursos humanos y favorecer nuevas formas de organización que mejoren la atención al paciente.
El segundo es la innovación: no consiste en comprar más tecnología, sino en mejores resultados clínicos, diagnósticos más rápidos y tratamientos más eficaces. Y el tercero es la sostenibilidad. No puede haber calidad asistencial sin equilibrio económico ni libertad de elección si los modelos de aseguramiento dejan de ser viables.
La sanidad pertenece, sobre todo, a los ciudadanos. Al fin y al cabo, todos terminamos siendo pacientes alguna vez. Y cuando ese momento llega, desaparecen las etiquetas. Lo único importante es recibir una atención rápida, segura y de calidad.
Una buena política sanitaria no consiste en defender dogmas, sino en resolver problemas. Y hoy el mayor problema no es quién presta la asistencia, sino renunciar a recursos que puedan ayudar a los pacientes.
Necesitamos menos ideología y más soluciones para los pacientes.
