Debo tener la sangre más dulce que la miel, dando la vuelta al título de un cuadro de Dalí de hace exactamente un siglo. Los mosquitos no mienten: en cuanto pueden me asaetan. Tengo algo de 'san Sebastían' del mosquito tigre. Poco importa el repelente o la ridícula pulsera rosita de citronela que me han comprado (para más inri lleva escrito 'Love' como si estuviera dando cariñitos a los malditos insectos que me dejan hecho un eccehomo), cae la tarde y comienza mi pesadilla. La cosa llegó a convertirse en conflagración mundial en un autocine en las Marinas de Denia. Ahí pude ver (si en este caso la expresión tiene algún sentido) 'Oppenheimer' hace tres años y ahora mis hijos...
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