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¿Para qué necesitamos a Marruecos?

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En estos días, los españoles hablamos de Marruecos mucho más de lo que lo hemos hecho en muchos años, después de la mayor humillación que hemos sufrido por lo menos desde la famosa Marcha Verde, al final de la dictadura franquista. Esta avalancha, de casi 80.000 marroquíes en menos de 24 horas en la ciudad de Ceuta, supone muchas cosas, desde luego, pero por encima de todo un gravísimo caso de inseguridad nacional, que el propio presidente del Gobierno no ha dudado en calificar como una «violación de nuestra soberanía».

Así que me he preguntado qué importancia tiene Marruecos para España. Si la medimos en términos económicos, el comercio bilateral entre España y Marruecos asciende a unos 23.000 millones de euros al año, 13.000 de exportaciones españolas a Marruecos y 10.000 de importaciones marroquíes a España. Somos de lejos el primer socio comercial de Marruecos, mientras que el país norteafricano es bastante poca cosa en nuestro saldo comercial para hablar en plata. Nuestro comercio bilateral total de mercancías alcanzó en 2025 los 835.000 millones de euros. Es cierto que para sectores concretos de nuestra economía –como el de componentes de coches, productos textiles, maquinaria, la pesca o los tomates–, Marruecos tiene su importancia. Pero no es de lejos ni nuestro principal proveedor ni nuestro principal cliente ni un mercado que no podamos sustituir con relativa a facilidad. Argelia le dobla el producto, por ejemplo.

Desde el punto de vista de las inversiones, las españolas son las más importantes para Marruecos e insignificantes a la inversa: suponen un stock de 2.000 millones de euros, sobre un total mundial de 600.000 millones. Casi 28.000 empleos directos dependen de estas inversiones, que están creciendo. Nuestro vecino aspira a ser puerta comercial de África, una estrategia que comparte con Nigeria, Argelia, Egipto o Angola. Su crecimiento se ha acelerado en los últimos años hasta alcanzar el 4,9% anual, con una dependencia del 12% del sector primario, que alcanza el 30% de su empleo. Pero el cambio climático es un gran riesgo para Marruecos.

Por otro lado, tenemos aproximadamente un millón de marroquíes viviendo en nuestro país, que representan el mayor número de extranjeros residentes en España y, en consecuencia, es también el mayor grupo de extranjeros receptor de ayudas sociales. En conjunto, representan el 10% de todos los extranjeros que residen en España, una cantidad que no resulta determinante en ningún sentido.

Muchas veces mencionamos la existencia de las ciudades de Melilla y Ceuta, bajo soberanía española desde finales del siglo XV y mediados del XVII respectivamente, como la razón principal por la que la relación de España con Marruecos debe considerarse prioritaria. No parece, por la actitud de Marruecos, que esto sea exactamente así. Más bien sucesivos gobiernos han manifestado, e incluso mostrado, un firme deseo de que nuestra presencia en estas ciudades deje de existir.

Quizás España debería dejar más claro a sus socios, empezando por Rabat, que nuestra presencia en el lado sur del estrecho de Gibraltar es una prioridad estratégica que estamos dispuestos a defender con o sin ayuda. E incluyo en este capítulo las aguas territoriales de Canarias. Como hemos visto en otros casos, esto se consigue con medios, es decir, con dinero. No veo ningún motivo para que entre esos medios no se encuentren los militares, pero desde luego utilizando la potencia inversora del Estado a través de la SEPI, que debería de manifestarse con más contundencia. No hay que tener mucha imaginación para pensar que en tiempos del teletrabajo y de la inteligencia artificial, las dos ciudades deberían albergar centros de empresas públicas o semi públicas con instrumentos tecnológicos. Dejen volar su imaginación y contemplen un Gibraltar en ambas ciudades, una estructura como la que acabamos de acordar con el Reino Unido a pocos kilómetros.

Como he dicho, nuestro comercio bilateral con Marruecos se mueve alrededor de los 23.000 millones de euros anuales. No acabo de ver la razones por las que una parte del mismo, más o menos considerable, no debería pasar por las ciudades de Ceuta y Melilla. Dado que la recaudación del impuesto de sociedades es competencia del Estado y no repercute en la financiación autonómica, los técnicos comerciales o tributarios del Estado deberían ser capaces de diseñar un modelo de exenciones e incentivos que favorezca la implantación en ambas ciudades de las empresas que más comercian con Marruecos.

La tecnología también debería ayudarnos a proteger las fronteras. Como mínimo, al mismo el nivel que Tráfico utiliza para seguir a los españoles al volante. Aquí habría que dejar muy claro que las personas que entren ilegalmente en cualquiera de esas dos ciudades serán fichadas antes de ser expulsadas, y no volverán a poder entrar en España bajo ningún pretexto. Sorprende que nuestras autoridades hayan facilitado la salida de más de 70.000 personas que han violado nuestra soberanía, en palabras del presidente. A nadie se le escapa que haber llevado a cabo esa comprobaciones hubiera tenido ciertas dificultades, logísticas, que habría sido necesario habilitar tiendas de campaña, proporcionar alimentos, etc. Soy de la opinión de que estos esfuerzos hubieran sido preferibles a la situación actual.

Se nos ha dicho, en lo poco que se nos ha dicho, que han sido las redes sociales marroquíes las instigadoras de esta avalancha. En este tema también llama la atención que la primera potencia turística mundial no sea capaz de comunicar en las redes sociales los riesgos a los que se atendrían las personas que entraran ilegalmente en España. Es bueno recordar en este capítulo de la comunicación que las televisiones españolas son ampliamente vistas en Marruecos, lo que no sucede al contrario. Sin pretender ser Maquiavelo, la presencia de inmigrantes políticos marroquíes en programas de televisión españoles seguramente no sería apreciada por las autoridades, pero puede que sí por su población.

Si ni la economía ni la potencia social, ni siquiera la geografía, hacen irremediable una situación de debilidad española frente a Marruecos ¿por qué nos comportamos de manera tan apocada? En mi modesta opinión, al menos desde la creación de un Marruecos independiente en los años cincuenta del pasado siglo, la opinión política y pública española ha aceptado que es en nuestro interés la existencia de un Gobierno monárquico, de la familia actualmente en el poder. Me es difícil afirmar que este fuera en su día un análisis equivocado. Pero me permito preguntarme en el mundo de hoy: ¿qué más nos da quién gobierne en Marruecos? Se me dirá, y con razón, que un Gobierno yihadista sería muy contrario a nuestros intereses. Desde luego no más contrario que el ataque del 11 de marzo de 2004. En este tema no estaríamos solos, desde luego. Estados Unidos y Francia , puede que hasta Argelia, tampoco contemplarían con facilidad el establecimiento de un régimen radical islámico en el final del Mediterráneo. Así que de producirse esa situación tendríamos aliados para intentar revertirla.

Parece más probable que ese supuesto cambio político se produjera por un descontento de la población, similar a lo que ha sucedido en Túnez y en Argelia. De ser así, nos encontraríamos con un régimen civil con el que podríamos sin duda entendernos igual o ,quién sabe si mejor, que con la actual monarquía. Dada la actitud del rey de Marruecos, quizás fuera bueno dejarle saber que a nosotros nos da bastante igual que él mantenga su corona o la pierda. No creo tampoco que la tan cacareada eficacia de sus servicios secretos sea inabordable para los nuestros, si sus mandos se lo permiten.

Otro argumento que se repite con frecuencia, cada vez con más intensidad, es que Estados Unidos podría estar considerando cambiar su presencia militar en España por un aumento de sus bases en Marruecos. Soy de la opinión de que Estados Unidos no va abandonar ninguna de las orillas del estrecho de Gibraltar. Se puede pensar que a los norteamericanos ya les va bien tener bases en regímenes no tan democráticos, lo cual se compadece regular con su presencia en Alemania, Japón, Polonia, Reino Unido o Italia. Más bien me inclino por pensar que desde Washington pretenden mantener las cosas como están. Es cierto que habrá gobiernos españoles o marroquíes con mejores o peores contactos allí en cada momento. Nombremos adecuados embajadores en Washington con claras instrucciones sobre este punto. En cuanto a las alianzas con Israel, con todos mis respetos, el papel de Marruecos en el mundo árabe en general y en Oriente Próximo en particular es muy poco relevante.

Nuestro vecino del sur es un país relativamente pobre, con un producto interior bruto de unos 150.000 millones de euros, un poco por encima de la cantidad que se gastan los turistas en España en un solo año y que representa el 10% de nuestro PIB; con una renta per cápita de unos 4.800 euros, un 12% de la española, y además repartida de manera muy desigual; y un crecimiento de la población ahora del 0,9% al año, de la que la mitad tiene menos de 50 años, lo que inevitablemente lleva a un desempleo juvenil muy considerable del 37%. No es por lo tanto un país con una estabilidad social garantizada con los gobernantes actuales. Este es quizás el mayor interés de España, contribuir a un país más rico y más justo. De ahí que nuestras inversiones y exportaciones al país sean importantes, sobre todo para ellos. Estos objetivos no podrán lograrse sin una cada vez más intensa relación con la Unión Europea , que a su vez solo puede hacerse a través de España.

De lo que me cabe poca duda es que hemos llegado a un punto insostenible para los españoles. Tenemos medios políticos, financieros y militares de sobra para defender nuestros intereses estratégicos. Y defender nuestra frontera sur, junto con la presencia en ambos lados del estrecho de Gibraltar, es un interés legítimo, válido y muy importante para los españoles del presente y del futuro. No necesitamos ni el visto bueno de unos ni de otros para desarrollar sistemas de defensa, incentivos a la exportación, la elección del emplazamiento de centros tecnológicos en las partes de nuestro territorio que nos parezcan pertinentes. Más aún, tenemos el derecho, además de la obligación, de garantizar nuestras fronteras y dejar claro a los que nos visiten o deseen residir en nuestro territorio que deben hacerlo de manera legal.

No sé si estas obviedades merecen un rimbombante pacto de Estado, o simplemente una política territorial que merezca ese nombre. Lo que sí me atrevo a decir, es que ya es hora, como decían nuestras abuelas y madres, de dejar las cosas claras y el chocolate espeso. Garantizada.















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