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Trocear el problema y controlar los tiempos: así es la táctica de Irán que exaspera a Trump

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Desde el Consejo Supremo de Seguridad Nacional, la lectura es clara: el tiempo juega a favor de Irán. La estrategia es vencer a Washington por agotamiento, prolongando cada gesto de apertura del estrecho de Ormuz hasta que el desgaste político y económico se vuelva insostenible para la Casa Blanca. Ayer el ministro de Exteriores de la República Islámica, Abbas Araqchi, insistió en el desplante: Teherán no se encuentra en estos momentos negociando con EE UU, aunque sí intercambia mensajes con intermediarios a fin de sentar las bases para unas futuras conversaciones.

La primera pieza del cálculo iraní es el calendario. A menos de tres meses de las elecciones midtems, Trump necesita mostrar un triunfo geopolítico frente a la República Islámica. Cada semana que pasa sin acuerdo erosiona esa ventana, y en Teherán se entiende que la presión electoral estadounidense es un reloj que corre en contra de Washington, no de Irán.

La segunda pieza es la opinión pública. Más de la mitad de los estadounidenses rechaza una guerra abierta con Irán, y el bloqueo de Ormuz mantiene un efecto constante sobre el precio del petróleo. Mientras el barril siga caro y la fatiga bélica crezca en casa, Teherán calcula que la escalada militar resulta cada vez más costosa de vender internamente.

La tercera pieza es logística y militar. Fuentes iraníes destacan que Trump se ha quejado en privado de que los informes sobre el arsenal de municiones del Pentágono hacen parecer débil a EE UU en la mesa de negociación. Para Irán, esa fragilidad percibida en el stock de interceptores estadounidense es una señal de que el bloqueo naval no puede sostenerse indefinidamente sin desgastar capacidades que Washington necesita en otros frentes.

Con ese fondo, la delegación negociadora ha optado por trocear el problema en vez de resolverlo de una vez. Según uno de sus miembros, el objetivo no es un tratado definitivo sino “establecer acuerdos temporales” de uno a tres meses “en los que Irán tenga la posición dominante”, dejando en manos iraníes la seguridad, el desminado y los servicios marítimos del paso. Cada renovación de ese acuerdo corto se convierte en una nueva ronda de presión, un nuevo peaje político que cobrar.

En este sentido, para el analista político iraní Ehsan Rahimi, “Irán afronta esta nueva fase desde una posición de resistencia, no de superioridad militar. Separa el acuerdo técnico con Omán de la negociación política con Washington para conservar Ormuz como principal palanca. Sus seis condiciones constituyen un anclaje maximalista: buscan encarecer la reapertura y convertir cualquier concesión estadounidense en victoria”.

“Teherán se siente fuerte porque Washington, pese a su superioridad militar, no ha impuesto sus objetivos y tiene interés urgente en normalizar el tráfico energético. Su órdago consiste en prolongar la presión hasta que los Estados del Golfo presionen a Washington, aun a riesgo de alinearlos contra Irán. Posee veto táctico, no control estratégico”, concluye a LA RAZÓN.

Paralelamente, Teherán multiplica los frentes de negociación para diluir la centralidad de Washington: mientras ultima con Omán una ruta de tránsito comercial -el régimen insiste en que no equivale a la reapertura del estrecho-, Teherán ha ido concediendo pasos selectivos a China, Rusia, India, Irak, Pakistán, y más recientemente Malasia y Tailandia que fracturan cualquier frente unido de presión internacional contra el bloqueo.

Por eso, cuando el 9 de agosto el Consejo Supremo de Seguridad rompió la mesa con Washington exigiendo seis condiciones -entre ellas el fin del bloqueo naval y la revocación de sanciones- antes de reabrir Ormuz, no fue vista en Teherán como un fracaso, sino como una jugada calculada: mientras EE UU carga con el costo político, económico y militar de la espera, Irán deja correr el reloj, convencido de que cada mes de estancamiento fortalece su posición negociadora.

Entretanto, la escalada entre los rebeldes proiraníes de Yemen, los hutíes, y el gobierno reconocido por Naciones Unidas continúa horas después del ataque de los insurgentes a las instalaciones de la petrolera Aramco. Ayer, los insurgentes leales a Teherán atacaron la planta de gas de Berri (Al-Jubail) y, el mismo día, la refinería de Aramco en Jazan (Yizán), donde se registraron varias explosiones durante la madrugada.

Además, en otra oleada de ataques los rebeldes procuraron graves daños en el puerto de Moca - controlado por el Gobierno yemení internacionalmente reconocido-, según denunció el ministro de Transportes Mohsen al Amiri. El lanzamiento de a menos 25 misiles y drones por los insurgentes respaldados por Irán dejaban a cierre de esta edición 14 los muertos, entre ellos diez civiles, y medio centenar de heridos.

Además, a última hora del sábado el ministro de Exteriores paquistaní, Ishaq Dar, aseguró que el Acuerdo Conjunto de Defensa de La Meca, firmado el viernes por Arabia Saudí, Pakistán y Turquía, está abierto a cualquier país de la región “dispuesto a defender sus principios fundamentales y a resolver las diferencias a través del respeto mutuo, la cooperación y medios pacíficos”.















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