La sucesión hipotecada: la nueva cúpula de seguridad de Teherán
En dos días de agosto, el líder supremo de Irán ha rehecho por completo el aparato de seguridad del régimen. Siete decretos, siete puestos clave. El más importante: el veterano general del CGRI Mohsen Rezaí —en busca y captura internacional por terrorismo— como secretario del Consejo Supremo de Seguridad Nacional, la instancia más importante del régimen. Mojtaba Jameneí no está premiando fidelidades. Está pagando una hipoteca contraída hace cuarenta años.
Volvamos a la guerra contra Irak. Mojtaba tenía diecisiete años cuando pasó por el frente. Rezaí, pese a su corta edad —debía de rondar los veintisiete—, era ya comandante en jefe de la Guardia Revolucionaria y una de las personalidades más cercanas a Jomeiní, entonces líder de la revolución. Allí se cruzaron.
Eran los años de la pugna de poder entre el primer ministro —figura hoy desaparecida del organigrama iraní— y el presidente de la República, que era Ali Jamenei, padre de Mojtaba. Rezaí se inclinó por el presidente. Apostar por el fuerte no crea deuda: crea clientela. La deuda nace cuando se apuesta por quien está bajo el ataque implacable de sus enemigos, y Jameneí padre lo estaba. Hoy, obviamente, se cobra ese favor.
Pero no es solo eso, y aquí está lo que casi nadie subraya. Desde entonces, Mojtaba Jamenei ha permanecido en la órbita de la Guardia Revolucionaria. Pertenece al sector del clero bajo su tutela, y conviene destacarlo porque existe otro sector, independiente de ella, que no piensa igual. El actual líder supremo procede del primero.
Una elección impuesta
De ahí lo esencial: su elección fue impuesta a la Asamblea de Expertos y al Consejo de Guardianes por la Guardia Revolucionaria, aprovechando un momento de guerra, ocho días después de que un ataque estadounidense-israelí matara a su padre. Mojtaba —sin carrera militar, sin magistratura previa del Estado y sin la autoridad religiosa que exige la propia constitución iraní (ser gran ayatolá)— fue elevado al puesto supremo. No lo eligió el aparato del régimen: se lo impusieron.
El general Rezaí no es un personaje cualquiera en esta historia: hasta hace muy poco fue el asesor militar personal del líder. Del líder que desapareció de la vida pública y ha reaparecido hace apenas unos días, sin que sepamos en qué estado físico y mental se encuentra tras el ataque contra el recinto del líder de la revolución del 28 de febrero de 2026.
Conviene saber a quién se ha colocado ahí. Rezaí empezó antes de la revolución, en el grupo terrorista yihadista anti-Shah Mansurún, cuyos miembros ocuparían después buena parte de los cargos decisivos de la República Islámica; muchos de aquellos apellidos reaparecen ahora en los decretos de agosto. Mandó la Guardia dieciséis años, hasta 1997. La liberación de Jorramchar, en mayo de 1982, le dio un prestigio que sobrevivió a las derrotas posteriores. Después pasó veinticuatro años de secretario del Consejo de Discernimiento, vigilando y conteniendo a Rafsanyaní, que lo presidía. Y se doctoró en Economía. Ser general con estrellas y economista con pasado de comandante de la Guardia es la razón de su nombramiento: pensando en el día en que haya que negociar sobre lo que de verdad tiene acogotado al régimen, su ruina económica.
El error de Occidente
El mecanismo del nombramiento desnuda el error con el que Occidente lleva décadas mirando a Teherán. Formalmente, el Consejo Supremo de Seguridad Nacional lo preside el presidente de la República, y es él quien nombra al secretario. Pero el secretario debe salir obligatoriamente de entre los tres representantes personales del líder en ese Consejo. Jamenei nombró primero a Rezaí representante suyo, y solo entonces firmó Pezeshkian. El presidente no eligió: rubricó una decisión ajena, tomada sobre una lista cerrada por quienes de verdad mandan y que se han nombrado a sí mismos. Mohammad Bagher Zolghadr, que llevaba cuatro meses y medio al frente del Consejo, había flaqueado a ojos de sus compañeros de triunvirato —hoy dualidad— y sufrió la patada hacia abajo: fue nombrado asesor político.
Ese es el error de fondo. Los occidentales seguimos empeñados en trazar paralelismos con regímenes democráticos parlamentarios. Pensamos en el Parlamento iraní como un órgano legislativo real, cuando lo que de verdad importa es la Asamblea de Expertos. Pensamos en el Consejo de Ministros como un gobierno, cuando lo que cuenta son algunos ministerios que dependen directamente del líder de la revolución y sobre los que el presidente de la República Islámica no tiene ninguna autoridad. Y está el Consejo de Guardianes, que funciona como policía moral de la cúpula del régimen y vela por la pureza y la ortodoxia de todos los altos cargos, designados, nombrados o elegidos.
Gana terreno el sector más radical
Por eso se equivocaban quienes, cuando vivía Ali Larijaní, sostenían que la secretaría del Consejo era un puesto menor. No entendían el funcionamiento de la complejísima estructura del régimen yihadista iraní. Ese órgano coordina las decisiones de seguridad, defensa y política exterior, y está por encima del Ministerio de Defensa. El propio portavoz de Exteriores acaba de recordar que toda negociación que emprenda su ministerio queda bajo supervisión del Consejo.
El analista Hamidreza Azizi ha resumido lo que supone la llegada de Rezaí: «Significa que el sector más radical del sistema está ganando terreno». En la misma línea, el analista iraní Omid Memarian ha señalado que quienes en Teherán abogan por un acuerdo «no están en posición de poder», un diagnóstico que confirma el techo cada vez más bajo de lo negociable.
Hay una prueba documental de hasta dónde llega la dependencia. En junio, tras la firma del memorando entre Teherán y Washington, Jamenei difundió un mensaje en el que reconocía sobre el acuerdo: «En principio, yo tenía otra opinión». Dos días después, Rezaí recogió la frase en una entrevista con medios iraníes, sostuvo que el criterio del líder habría dado mejor resultado y explicó que se oponía al alto el fuego: había que negociar, dijo, pero sin dejar de combatir. Obsérvese la operación: un subordinado toma una frase ambigua del líder y la convierte en doctrina pública. Eso solo se hace con un principal débil. Y marca el desplazamiento exacto que vivimos: de quienes defendían negociar durante un alto el fuego a quienes defienden negociar bajo el fuego de la guerra.
El tercer nombre
Hay un tercer nombre que la prensa ha tratado como secundario y que, a mi juicio, es una novedad de primer orden. El nuevo jefe del Estado Mayor de las Fuerzas Armadas, el general Ali Abdolahi, es guardia revolucionario desde 1979. Es decir: el jefe de las fuerzas armadas ordinarias procede de la Guardia. Y su segundo, el general Kiumars Heidarí, que sí viene del Artesh, el ejército regular, queda colocado justo por debajo de él. La tutela no podría ser más visible.
Eso confirma lo que algunos sospechábamos desde el primer día de esta guerra: la Guardia Revolucionaria y el sector más duro del régimen desconfían profundamente de las fuerzas armadas ordinarias. Y liquida de paso una ilusión costosa. Los estadounidenses apostaban, con escasas posibilidades reales de éxito, por un golpe de palacio del ejército regular contra la Guardia Revolucionaria. Esa hipótesis es del todo ilusoria, y ahora hay siete decretos que lo confirman.
Seguimos, pues, en plena lucha por el poder, y de ella emergen dos fuerzas consolidadas. Ahmad Vahidí manda la Guardia Revolucionaria, instrumento de poder puro y duro. Rezaí ocupa la secretaría del Consejo de Seguridad, ámbito de la decisión. Mi pronóstico: Vahidí marcará el ritmo de la escalada y Rezaí el techo de lo negociable, y en cuanto se abra una fase seria de negociación sobre sanciones y programa nuclear, el hombre del Consejo se impondrá al hombre del cuartel. Hay además una asimetría decisiva: Vahidí es el blanco número uno —sus predecesores en cargos equivalentes han muerto todos en meses—; Rezaí lo es también, pero no con la misma prioridad.
Irán cambió de fachada
Reparemos, por último, en quiénes son los que suben. Muchos eran figuras segundonas dentro de esa fuerza armada brutal y terrorista que es la Guardia Revolucionaria. Pero son vieja guardia, no jóvenes: el más joven de los recién nombrados, Heidarí, nació en 1964. No estamos ante una renovación, ni siquiera ante un cambio dentro del régimen. Estamos ante el endurecimiento extremo de un régimen ya endurecido por la guerra. Todos los nombrados eran jóvenes fanáticos cuando estalló la revolución islámica de 1979; todos son veteranos de la guerra de Irak y todos están encarnizadamente curtidos en el campo de batalla y en acciones terroristas, por diseño, inspiración o ejecución.
Queda lo que nos afecta directamente. Rezaí sostuvo en julio que dominar el estrecho de Ormuz vale para Irán más que decenas de bombas atómicas, y al frente de lo que queda de la fuerza naval que opera en esas aguas está el contralmirante Ali Ozmaí, cuya carrera transcurre a la sombra de los nuevos jefes y que no ha llegado para descongestionar el tráfico marítimo por el que pasa el 20 % del petróleo y el 30 % del gas que consume el mundo.
Y hay un dato que debería bastar por sí solo. Desde que la Unión Europea designó a la Guardia Revolucionaria como organización terrorista el pasado enero —con el voto favorable de España—, seis de los siete nombrados pertenecen formalmente a una organización terrorista para el derecho europeo. A eso se suman los expedientes personales: Rezaí y Vahidí están reclamados por Interpol desde 2007 por el atentado contra la sede de la Asociación Mutual Israelita Argentina, cometido en Buenos Aires el 18 de julio de 1994 y saldado con ochenta y cinco muertos. Vahidí y Heidarí figuran además en las listas de sanciones de Washington, Bruselas y Londres; Abdolahí, en las del Tesoro estadounidense; Hosein Taeb, nuevo jefe de la bestial milicia Basij, está sancionado por Estados Unidos desde 2010 por la represión de las protestas de 2009.
Un líder supremo que debe el cargo a quienes dice mandar es el titiritero que en realidad es títere de sus títeres, disculpen el trabalenguas. Irán no cambió de manos en marzo: cambió de fachada, y de intensidad sanguinaria. Detrás sigue la misma promoción de 1979, más vieja, más dura y ya sin nadie por encima capaz de someterla. Quien espere de esta cúpula una negociación razonable no ha entendido quiénes son estos curtidos e implacables asesinos.
