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Alquife, la mina granadina donde los fantasmas aún marcan el paso

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Durante más de un siglo, las minas de Alquife fueron sinónimo de progreso industrial, empleo y producción de hierro a gran escala. Situadas en el corazón del Marquesado del Zenete, en la provincia de Granada, llegaron a convertirse en la mayor mina a cielo abierto de hierro de Europa. Hoy, pese a la reactivación de la explotación en los últimos años, el lugar sigue conservando un aura particular que va más allá de su importancia histórica y económica. Antiguos trabajadores, vigilantes y curiosos hablan de sonidos, presencias y luces que no encajan en ninguna explicación técnica conocida. El paisaje ayuda a comprender por qué Alquife impresiona incluso a plena luz del día . La enorme corta principal, parcialmente inundada, desciende cientos de metros bajo el nivel del terreno, rodeada de taludes rojizos y galerías cerradas. A su alrededor se extienden talleres, plantas de tratamiento abandonadas, cargaderos de mineral y el poblado minero de Los Pozos, hoy en gran parte vacío. Es en este escenario donde se concentran los testimonios que alimentan la leyenda contemporánea del lugar. Uno de los relatos más conocidos entre los exmineros es el de la llamada «voz del túnel San Alejandro». El abuelo de Antonio Gámez, trabajó durante veinte años en la explotación, asegura que durante varias madrugadas escuchó un murmullo procedente del interior del túnel, cuando este ya llevaba tiempo sellado. Según su testimonio, no se trataba de un sonido ambiental ni del viento recorriendo galerías vacías, algo habitual en cualquier mina. La voz tenía un tono humano, bajo y tembloroso, y parecía dirigirse hacia el exterior. En una ocasión, el abuelo de Gámez afirma que el murmullo llegó a pronunciar algo muy parecido a su nombre. Otros trabajadores que pasaban por la zona en horarios similares reconocieron haber percibido sonidos extraños, aunque ninguno tan claro como el descrito por él. A varios cientos de metros del túnel, en la zona del antiguo cargadero de mineral, se produjo otro de los episodios que más curiosidad ha despertado. Lucía Torres, fotógrafa aficionada interesada en el patrimonio industrial, visitó el lugar al atardecer con la intención de documentar las estructuras abandonadas. Fue entonces cuando observó una serie de luces desplazándose lentamente sobre el trazado del antiguo ramal ferroviario . Las luces aparecían alineadas, manteniendo una distancia regular entre ellas, y avanzaban en silencio, como si siguieran una vía invisible. Pensando que se trataba de un fallo de la cámara, Torres comprobó el visor y siguió disparando. Las luces continuaban moviéndose incluso cuando ella las observaba directamente, sin que hubiera farolas, vehículos ni instalaciones eléctricas activas en la zona. Las imágenes captadas muestran puntos luminosos –luminarias- que parecen reproducir el paso de antiguos vagones , un detalle que ha llevado a muchos a hablar de un «tren fantasma» del cargadero. En el Cerro del Castillo, donde se concentran algunas de las explotaciones más antiguas, los testimonios adquieren un tono más inquietante. Rubén Estévez , explorador urbano, un urbex, asegura haber visto lo que describe como el «hombre del Castillo». Según su relato, mientras se acercaba a la entrada de la Cueva de los Almendros distinguió una figura completamente oscura, con forma humana, inmóvil y orientada hacia él. No se trataba de una sombra proyectada, ya que la silueta parecía absorber la luz del entorno. La figura no se movió ni emitió sonido alguno. Estévez afirma que, al dar un paso hacia delante, la silueta desapareció de forma instantánea, sin desplazarse ni desvanecerse gradualmente. Otros visitantes han descrito apariciones similares en accesos a galerías cercanas , siempre con el mismo patrón: presencia estática y desaparición abrupta. Los fenómenos no se limitan a espacios abiertos o galerías antiguas. En la Planta de Separación, una instalación que llevaba años completamente inactiva, el vigilante nocturno Ismael Ríos asegura haber escuchado golpes metálicos durante varias noches consecutivas . Los sonidos procedían del interior de la nave, concretamente de la zona donde se encuentran los grandes tambores y separadores. Ríos describe los golpes como profundos y huecos, siempre organizados en una secuencia de tres impactos seguidos de silencio. No había viento, animales ni maquinaria en funcionamiento que pudieran justificar el ruido . Lo más llamativo, según su testimonio, era que los golpes cesaban de inmediato cuando se acercaba a inspeccionar el interior del edificio, como si algo reaccionara a su presencia. A pocos metros de la zona industrial se encuentra el poblado minero de Los Pozos, construido a mediados del siglo XX para alojar a trabajadores y técnicos. Aunque muchas viviendas están hoy desocupadas, varias personas de la zona, como Nacho Rodríguez, aseguran escuchar conversaciones de tipo psicofónico, pasos en pasillos y ruidos domésticos –mimofonías- en casas donde no vive nadie. Los sonidos suelen aparecer al amanecer o al anochecer, coincidiendo con los horarios en los que antiguamente se producían los cambios de turno. Algunos residentes afirman haber oído voces en habitaciones selladas o pasos subiendo escaleras que ya no existen . Cuando se acercan para comprobar el origen del ruido, todo se detiene de forma repentina. Las explicaciones a estos fenómenos son diversas y, en muchos casos, contradictorias. Algunos especialistas apuntan a causas ambientales: cambios bruscos de temperatura, acústica compleja en estructuras metálicas, corrientes de aire en galerías profundas o efectos ópticos en superficies de agua y metal. Otros, sin embargo, consideran que la acumulación de testimonios, procedentes de personas distintas y en momentos diferentes, sugiere algo más que simples coincidencias. Lo cierto es que las minas de Alquife concentran siglos de actividad humana intensa, esfuerzo extremo y una transformación radical del paisaje . La combinación de infraestructuras abandonadas, espacios subterráneos y silencio prolongado crea un entorno donde la percepción se agudiza y cualquier anomalía adquiere un peso especial. Para quienes vivieron o han vivido o trabajado allí, el lugar conserva una presencia difícil de describir, como si la historia industrial no hubiera terminado de guardar silencio. Hoy, mientras parte de la explotación vuelve a estar activa –o no-, estos relatos continúan circulando entre investigadores y visitantes. No existen pruebas concluyentes que confirmen un origen paranormal, pero tampoco explicaciones definitivas que cierren el debate. Entre el hierro, el agua y las galerías selladas, Alquife sigue siendo un espacio donde el pasado parece manifestarse de formas inesperadas, recordando que no todos los ecos de una mina desaparecen cuando cesa el ruido de las máquinas. *Si ha tenido alguna experiencia paranormal, de cualquier tipo, no dude en comunicarse conmigo. Investigaré gratis su caso (como siempre lo hago) y trataré de ofrecerle respuestas: contacto@josemanuelgarciabautista.net














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