Esta es la selección que han hecho los críticos de ABC de los discos que se han publicado esta semana. Desde temas como ‘Loser’ (1994) y obras maestras como ‘Odelay’ (1996), de Beck Hansen siempre hemos esperado lo singular, lo distinto, lo auténtico. Apadrinado por Sonic Youth , el que fuera algo así como el hermano gamberro y alternativo de Jamiroquai nos acostumbró a ello durante años y nos ha fallado un poco ahora en este ‘Everybody’s Gotta Learn Sometime’. No se lo tenemos en cuenta, porque no es un disco de estudio al uso, no tampoco un desastre completo, sino uno de esos de rarezas –y algo de marketing– en el que incluye un par de contribuciones a bandas sonoras y varias versiones planas y no muy originales de otros. El juego no es nuevo. En 2010, el compositor estadounidense estaba ocioso y reunió en el estudio a amigos como Nigel Godrich, Devendra Banhart, Thurston Moore o los músicos de Wilco para rendir tributo a la Velvet Underground, Leonard Cohen o INXS, entre otros En aquella ocasión, las canciones fueron grabadas en vídeo en una sola toma y publicadas en su página web. Ahora lo ha hecho solo y en forma de pequeño elepé. Media hora de música en la que resucita a ídolos como Elvis Presley, The Flamingos, John Lennon, Caetano Veloso, Hank Williams y Daniel Johnston. La elección es exquisita, imposible poner en duda su cultura musical. El problema es que Beck calca, plagia, en vez de reescribir y reinterpretar, como cabría esperar de él. La eterna maldición de las versiones. Las canciones buenas son siempre bonitas, pero… ¿por qué no acudir a los originales si nos dan marca blanca? Barry Johnson y sus chicos siempre parecen estar más o menos felices en la bruma de una hora de borrachera en algún garito subterráneo de Torrance, pero Dios sabe que en el fondo se sienten miserables. Además de cierto músculo de herencia hardcore y de su simpatía por la baja fidelidad, el ingrediente definitivo que separa a los autores de ‘Constant Headache’ varios cuerpos del desesperante pelotón del pop-punk de garrafón es su facilidad para combinar los estribillos euforizantes y las precisas melodías instantáneas con unas letras que escarban con ironía en las frustraciones (y las adicciones) cotidianas. Melancolía disparada a bocajarro. Canciones para sentirse algo solos en el pogo. Corazones estrujados en un puño bien alto. Su séptimo disco ahonda en la apertura estilística y el sonido más expansivo que ya se apuntaba en ’40 Oz. To Fresno’, donde himnos tan memorables como ‘Don’t Try’ les acercaban al terreno de juego de unos Fountains of Wayne. La deriva ‘power pop’ se consolida ahora en temas como ‘I Used to Go To This Bar’ o ‘I Know Where You Mark Chan Lives’, que remite a Weezer, pero el abanico se abre también al recuerdo de la ‘new wave’ ochentera en ‘Falling in to it’ o a la herencia sonora y expresiva de The Smiths' en ‘All my Friends Are So Depressed’. Hasta una ración de punk canónico y tabernario como ‘Well, Don’t It Seem Like You’ve Been Here Before’ concluye con la irrupción de una insospechada armónica. Cambian las formas, pero permanece la esencia urgente y energética en un disco breve y rematadamente bueno que mira hacia adelante anclado en el punto de partida. Sin nostalgias ni mensajes motivacionales. Hoy igual que ayer. Somos lo que somos, parecen subrayar también sus letras: envejecer no te hace necesariamente ni más sabio ni más feliz ni cierra mágicamente ninguna cicatriz. Pero, al menos, siempre será mejor seguir conviviendo con el desastre con cierta honestidad... aunque sea un poco resignada y acabes tocando en Coachella. Talentoso caricaturista de este, nuestro mundo de carne y hueso, «Ves a tu papi en una humedad, vas por Legazpi cual Miyazaki mal dibujao», Ángel Stanich reaparece en escena con 7 minutacos de bólido folk-pop de tinte ochentero muy bien ‘tuneado’. A esta primera canción barbuda, por cierto, trufada de colaboraciones estelares sin acreditar (Anni B Sweet y Abraham Boba), le siguen otros 8 cortes —esta vez sí, más moderados en su duración— que no se salen del caminito de hierba que le es cómodo y conocido al ‘hace-canciones’ santanderino. Una sola velocidad, pero una velocidad placentera. De crucero. Las letras están plagadas de referencias un poco arcanas que no hacen más que expandir la vida útil del disco. Mientras coquetea sin mucho acierto con la bachata: «Yo quisiera componer una bachata nueva para no tener un tête à tête legal con Juan Luis Guerra» en ‘Os traigo amor’ el primero de los avances, Stanich da con la tecla para escribir el que puede convertirse en el tema más coreado del concierto «¡¡¡Hoy vamos a quemar el bar de Moe. Y el capitolio!!!». Echar de menos a Pete Shelley es una obligación, pero un nuevo disco de los Buzzcocks aunque sea sin él siempre se celebra. En estos tiempos hay que abrazarse al punk de vez en cuando para salir adelante. El nuevo álbum arranca, sin embargo, ligeramente diferente. ¿Será el título 'Ajuste de actitud' algo literal? 'Queen of the scene', la primera pista, mantiene estructura punkarra pero le falta canallismo, y esa es la tónica general de un trabajo que a ratos recuerda al legendario 'Love Bites', pese a la voz, precursor de un tipo de música que tantas bandas (Kaiser Chiefs, por decir una) abrazaron luego. Más pausado, más tranquilo pero sin perder la base. Es igualmente disfrutable si con unas guitarras, un bajo y una batería ya eres feliz. «Punk rock con toque Motown», dijo su ahora líder, Steve Diggle. Pues es un poco así, pero añadiendo progresivo, rock clásico y alguna modernidad. Describir la electrónica abstracta no es nada fácil. Vamos con datos: Sam Shackleton, este músico británico residente en Berlín (y con apellido de explorador polar) lleva haciendo música todo lo que va de siglo, con excelente recepción por parte de los más cultivados clubbers, fundando las —dicen que— legendarias fiestas londinenses Skull Disco. Por qué no añadir que, como los mejores (los Beastie Boys , digo), empezó en berreantes grupos de punk. Aunque él fundó varios sellos, esto sale en AD93, garantía de calidad sónica que se acerca a esas tiendas de electrónica a palo seco donde los discos no tienen ni portada, son solo esencia. El caso: que está muy bien, profundo, un poco distinto. Es un mejunje de samples de todo tipo —más «africanos» que antárticos, claro, pero nunca reconocibles— con el sostén habitual de unos hi-hats clásicos de TR-808 o 909 y una búsqueda continua del trance para interrumpirlo pronto con nuevos brillos. Está a años luz de lo previsible o facilón del EDM, aunque sí hay algunos recursos que nos sabemos ya. Creo que del tercer tema al séptimo está la selección más acertada. Un vistazo a los títulos de las canciones, absolutamente intercambiables, refleja que esto de describir lo abstracto… nos cuesta a todos. Lo que nos faltaba es que las canciones, o sus intérpretes, se pusieran a 'dialogar', como los cuadros de las exposiciones esas que de un tiempo a esta parte montan en los museos. Eso pretende Drew McFadden, que después de 'Modern Love', dedicado a David Bowie, pone a los Talking Heads en la diana de una cuadrilla de músicos, bastante desconocidos, si no del todo, para que le busquen las vueltas a su repertorio, originalmente teñido de un tribalismo que aquí pasa a primer plano, fundido en negro. Es la falta de respeto a los originales del cuarteto lo que hace grande este disco, o al menos curioso, hasta convertirlo en un trabajo de muy baja fidelidad y de absoluto desapego a los patrones registrados por David Byrne y compañía hace casi medio siglo, tan pegadizos y memorables que se agradece el trabajo de distorsión, en el mejor sentido, realizado por Astronne ('Psycho Killer'), Liv.e ('I Zimbra') o Miguel Atwood-Ferguson ('Heaven'). Vergüenza, ninguna. Gracias a Dios. Existe una máxima en el periodismo anglosajón que dicta que toda pregunta en un titular se puede responder con un simple no. En‘¿Pueden estos tiempos tan exquisitos durar para siempre?’, la última entrega de Drew Daniel –una mitad de Matmos– , la regla se sostiene: No. 39 minutos, y no tan exquisitos. El artista ha pasado por cantidad de géneros, desde el punk hardcore en su juventud hasta el minimalismo y el house ahora, pero es, antes que nada, un académico de literatura y filosofía en la Universidad Johns Hopkins y sus proyectos parecen ser un reflejo de eso: plomazos conceptuales y presuntuosos que demuestran que para hacer buena música no basta con saberse la teoría. En su último disco, deja atrás la producción electrónica para dar paso a arreglos orquestales que tienen (algunos) momentos muy bonitos y otros (muchos) en los que suplicas que la experimentación con la disonancia se detenga. Póngaselo si se quiere sentir superior al resto de personas y si no quiere que le vuelvan a invitar a una fiesta. Daniel aprueba, por esfuerzo, calidad de grabación y recorrido, pero nos lo pone difícil.