A Britney Spears la vimos nacer en el laboratorio perfecto del pop, con sonrisa de instituto americano y uniforme de colegiala que no venía a engañar a nadie. Funcionó rápido. Era mona , era rítmica, era soluble en póster, y también llevaba dentro un metrónomo infalible. Las discográficas supieron leerlo, obviamente, y la cuidaron como se prepara un cohete. Con algo de cálculo, con mucho de ambición, y con el riesgo implícito de que algo se descontrole. Y se descontroló. Britney fue demasiada Britney demasiado pronto. Ahora sale de nuevo en los papeles porque se queja de la crueldad de su propia familia , y así se reavala como la mayor rubia guadiana del panorama, que ya no saca disco...
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