A la vista de los controles fronterizos entre España e Italia siento «tristeza cívica», como el personaje de Dostoievski. Llevo con orgullo una condecoración italiana, la Stella. He viajado por toda la península, desde Gorizia o el valle de Aosta hasta el sur de Sicilia. Soy amigo de Buccino Grimaldi y de Fernández-Palacios, dos excelentes embajadores. Como historiador de las Ideas políticas, he trabajado sobre Maquiavelo, sobre Vico, sobre Bobbio y otros muchos pensadores de referencia. Desde la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas mantenemos una relación fructífera con los admirables colegas de la Accademia dei Lincei. Entre muchos recuerdos profesionales, me viene a la memoria la restauración del «tempietto» de Bramante, en la colina más hermosa de Roma. He disfrutado allí de fiestas inolvidables, como «II Palio», en Siena… Lo mismo que muchos otros, soy un español que quiere y admira a esa gran nación que tanto nos importa. Entenderá por ello el lector el tono personal de estas reflexiones: Italia, «mi ventura»… Junto con el euro, Schengen es el símbolo más reconocible del proceso de integración europea. Suprimir el control de la documentación para entrar o salir del país es una seña de identidad para nuestra forma ilustrada de practicar la convivencia política. Todos hemos vivido con preocupación e indignación el episodio lamentable de Ceuta . Me remito a las palabras del primero de los españoles, siempre ejemplar en el cumplimiento de sus funciones. La opinión pública (nacional e internacional) ha juzgado ya el fracaso de una política de inmigración que rompe las reglas del juego establecidas por la Unión Europea. Pero tampoco es admisible la reacción desmedida para contentar a la propia parroquia. Los responsables políticos tienen que estar a la altura de las circunstancias. Estamos a tiempo para rectificar, en Madrid y en Roma: menos gestos para la galería y más trabajo serio y eficaz en nombre del interés general y del sentido común.