La noche que llegué a Kapital había en la calle un frío navideño que mataba mendigos, y había dentro, sobre la plataforma correspondiente, una gogó medio rubia, altiva y extranjerizante, a cuyo pie de pedestal me quedé un rato, a tomarme ahí el ron quieto de mi juventud que se quería una soltería de muchas novias. Hablo de mediados de los noventa, alcalde. Qué tiempos, qué insomnes tiempos apasionantes. Yo fui clientela de Kapital, sí, porque aquello no era una discoteca, sino un laberinto con muchas noches dentro de la misma noche. Desde el restaurante descerrajado al cielo hasta los reservados de palco, donde se ataban la lujuria y la penumbra. Yo no sé cuántas copas habré gastado, mientras miraba...
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